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Viena. 1918. Un comando de la Guardia Roja, dirigido por Egon Kisch, decidió ocupar la redacción de la Neue Freie Presse. El redactor en jefe de economía del diario, Paul Kisch, intentó hacerles frente hasta que, al verse impotente, le advirtió a Egon Kisch, que era su hermano: “Está bien, cederé a la fuerza bruta. Pero una cosa te digo, Egon, hoy mismo escribiré a mamá a Praga”. Pienso en esta anécdota y recuerdo a Camus, que se opuso al terrorismo porque su madre podría ser víctima de un atentado e, inmediatamente después, pienso también en todas esas madres musulmanas que ahora mismo se estarán preguntando qué será de su hijo en la remota Europa. Se me ocurre que podría considerarse fanático a todo aquel que respeta más su ideología que a su madre, pero no sé si todas las madres musulmanas estarían de acuerdo conmigo.

Estamos asistiendo al auge del terrorismo islamista en Europa justo cuando creíamos haber encontrado un principio no hipotético capaz de regir nuestra conducta como una ley moral autoevidente: “mi cuerpo es mío”. De aquí derivábamos, como corolario satisfecho, el derecho al goce incondicional de nuestra propiedad. Pero aún no habíamos tenido tiempo de acudir al registro para inscribir este nuevo derecho, cuando nos vemos obligados a reconocer, más perplejos que espantados –aún-, que ningún  título de propiedad nos protegerá del fanatismo.

Jean-Marie Guyau Tuillerie sostenía que para medir nuestro valor personal, debemos preguntarnos por qué idea estaríamos dispuestos a dar la vida. Si no podemos encontrar ninguna es que somos incapaces de sobrepasar nuestra individualidad y aunque no haya llegado aún el fin de la historia, es probable que nos encontremos a las puertas del fin de nuestra historia. Lo cierto es que nos cuesta  creer en verdades que no sean epidérmicas.

Decía Spinoza que no hay pensamiento más ajeno al hombre libre que el de la muerte. Nosotros, que aspirábamos a sentirnos propietarios libres de nuestro cuerpo, no acabamos de creernos lo que nos muestran las imágenes: cuerpos desamortizados por la fe ciega en un Dios desconocido y madres desconsoladas.

Quién quiera saber dónde y cuándo surge la idea de libertad, que acuda a Flavio Josefo. Quien quiera saber dónde y cuándo surge la idea moderna de propiedad, que acuda a Locke.

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