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Más John Donne y menos Laclau

El debate filosófico que siguió a la conquista de América giró en torno a si los enemigos (reales o imaginarios) tenían “alma”. Hace unos días, hablando sobre Colombia, un compañero me dijo que, al ver determinadas actitudes y discursos, era como si cinco siglos después algunos aún se replantearan la pregunta en relación a rivales políticos. Tras mis años en América Latina, siempre he prestado atención especial, en la vida y en el arte, al perdón y a cómo la soledad ontológica del ser humano ante el hecho de la muerte lima aristas y nos reúne.

La muerte como gran catársis y filtro de lo nimio. John Le Carré perdonando a su padre ladrón y a la madre que lo abandonó. La superioridad moral se pone a prueba ante quien desprecias, ante quien odias incluso, ante quien te ha hecho un daño objetivo e irreparable, no ante un Mandela o un Gandhi. Late ante el féretro, aun injustamente, lo que Graham Greene escribió sobre el perdón: “Si conociéramos el verdadero fondo de todo tendríamos compasión hasta de las estrellas”.

“La soledad es un tormento que ni siquiera nos amenaza en el infierno”, escribió John Donne en unas de sus meditaciones de enfermo. No sé si Rita Barberá merecía sufrir tanto. Creo que no. Ni sirve socialmente ni reconforta en lo personal. La venganza no está en el código penal, pero tampoco debería estarlo en el moral. Y en esas mismas reflexiones, Donne pidió no preguntar por quién doblan las campanas de los funerales que oía desde su lecho de enfermo. Indiferente le parecía que fuera un asesino, un ladrón o un tirano. Sabía que, como cualquier minuto de silencio, su razón de ser no era más que uno mismo. El hombre ante el hecho angustioso de la muerte inevitable. Cuando el personaje de Los muertos de Joyce contempla la nieve caer  “sobre ese mismo sólido mundo donde ellos [los muertos] se criaron y vivieron, que se desmorona y desvanece” siente de repente el peso de esas soledad ante la que cualquier afrenta se disuelve como los copos que caen en las aguas del Shannon.

Tenemos un deber de contrición los que hasta ahora hemos estado exentos: ciudadanos y periodistas. Pero aunque la exalcaldesa hubiera sido declarada culpable del delito por el que se le investigaba y de otros muchos más, recuerdo y hago mía la sentencia de Schiller: “El día en que dejemos de mostrar compasión hacia nuestro enemigo, nosotros seremos el enemigo”. A algunos, los que más tienen que reflexionar desde las instituciones, quizá les resulte más cercano lo que el Che pidió a los revolucionarios: “endurecerse sin perder jamás la ternura”.

Yo, padre de una franco-española como lo era Albert Camus, cierro con unas palabras del escritor que me sirven para despedirme de aquellos a los que un día miré con buenos ojos: “Por haber despreciado esa fidelidad al hombre, serán ustedes quienes mueran solitarios a millares. Ahora, puedo decirles adiós”.

Para Íñigo y Julia, mis hijos

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