Aurora Nacarino-Brabo

Más Prozac y menos Platón

Imagine que usted, amable lector, va leyendo absorto, por mitad de la calle, La República de Platón. Acompañado de Glaucón, el hijo de Aristón, bajé ayer al Pireo con propósito de orar a la diosa… Es un relato apasionante, repleto de claves que el paso del tiempo ha hecho que escapen a nuestra interpretación. Camina distraído, la cabeza gacha, los ojos fijos en el smartphone. Imagine también que, llevado por su obnubilación, no ha detectado el adoquín roto que se anuncia a solo tres, dos, un metro de distancia. Que da un tropiezo y, entonces, ¡ay! Todo pasa deprisa. Cae al suelo, fractura abierta de tibia y peroné, entre alaridos de dolor.

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Más Prozac y menos Platón
Aurora Nacarino-Brabo

Aurora Nacarino-Brabo

Politóloga y periodista, aunque, en realidad, sólo sé de fútbol

Imagine que usted, amable lector, va leyendo absorto, por mitad de la calle, La República de Platón. Acompañado de Glaucón, el hijo de Aristón, bajé ayer al Pireo con propósito de orar a la diosa… Es un relato apasionante, repleto de claves que el paso del tiempo ha hecho que escapen a nuestra interpretación. Camina distraído, la cabeza gacha, los ojos fijos en el smartphone. Imagine también que, llevado por su obnubilación, no ha detectado el adoquín roto que se anuncia a solo tres, dos, un metro de distancia. Que da un tropiezo y, entonces, ¡ay! Todo pasa deprisa. Cae al suelo, fractura abierta de tibia y peroné, entre alaridos de dolor.

A su alrededor, la mayoría de la gente continúa su camino sin detenerse. Unos pocos le miran con fastidio por su profusión de decibelios. Solo un par de personas se detienen a auxiliarlo: ¿Está bien?, se interesa uno de ellos. No, se apresura a balbucir usted, mientras se echa las manos al maltrecho tobillo. Bueno, repone él, no se lo tome tan a pecho, trate de animarse. Y, dedicándole una sonrisa, el hombre reanuda la marcha. Cuando pensaba que ya nadie lo socorrería, una chica muy amable se agacha junto a usted, acariciando delicadamente su hombro: Con esta actitud no arreglará nada, le advierte con voz cariñosa. No deje que el dolor lo obsesione, piense en otra cosa, ¿ha probado con el yoga?

Pensará el lector que solo digo majaderías y que lo que usted necesita es atención médica. Y tendrá razón. Pero le invito a revisar el texto, cambiando su fractura abierta de tibia y peroné por una depresión o por un trastorno de ansiedad. Entonces, es posible que las reacciones del relato no le suenen tan ridículas: cuántas veces hemos visto a los pacientes de dolencias psíquicas tener que soportar comentarios parecidos a los que ha de escuchar nuestro accidentado lector.

En el siglo XXI hemos asumido que la enfermedad se trata con fármacos. Excepto si el órgano afectado es el cerebro. Entonces, no. Entonces, puede usted encomendarse a los dioses o al mindfulness, obligarse a salir de marcha, retirarse a la naturaleza, atiborrarse de chocolate o ponerse morado a garbanzos. Leer filosofía. Cualquier cosa menos envenenarse con química. Yo le pido, querido lector, que lea mucho. Que lea a Platón. Que salga de la caverna. Y, cuando distinga al fin los objetos de las sombras, tenga a mano un par blísters de Prozac. Nunca se sabe con qué adoquín puede uno tropezar.

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