THE OBJECTIVE
Raquel Sastre

Maternidad en la tercera edad

Con el título no me refiero a todas las mujeres que se quedan embarazadas a partir de los 40, (cada una cuando quiera/pueda a pesar del inconveniente que pueda ser llevar al altar a tu hija de un brazo y en el otro el bastón), sino a los abuelos de verdad, a nuestros padres.

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Maternidad en la tercera edad

Con el título no me refiero a todas las mujeres que se quedan embarazadas a partir de los 40, (cada una cuando quiera/pueda a pesar del inconveniente que pueda ser llevar al altar a tu hija de un brazo y en el otro el bastón), sino a los abuelos de verdad, a nuestros padres.

Con el título no me refiero a todas las mujeres que se quedan embarazadas a partir de los 40, (cada una cuando quiera/pueda a pesar del inconveniente que pueda ser llevar al altar a tu hija de un brazo y en el otro el bastón), sino a los abuelos de verdad, a nuestros padres. Esos que en medio de las comidas familiares no paran de enumerarte la cantidad de hijos de amigos suyos que están teniendo niños y tú mordiéndote la lengua para no soltar delante de todos «si a mí me encantan los niños, anoche tuve uno de 18 años en mi cama».

Pero lo malo de darle tanto follón a tus hijos para que te den nietos, es que no todo son risas y cogerlos un rato los domingos por la tarde. Hay abuelos que tienen más responsabilidad con los niños que sus propios padres. Entre recogerlos de la guardería o colegio, darles de comer y ayudarles con los deberes hasta que sus padres salgan de trabajar, estos pobres ancianos tienen más estrés que Isabel Preysler cuando se olvidan quitarle una arruga en una foto con el Photoshop.

Los abuelos han perdido su papel y se han convertido en padres sustitutos, con todos sus inconvenientes. No sólo tienen que aguantar a los nietos, también a los padres. Y el poco rato libre que les quedan, tienen que aguantarse entre ellos, después de tantos años de matrimonio. Si el infierno existe, debe ser esto.

Así que ahora es el momento de vengarnos por esas fotos de pequeños con ropa ridícula, por las veces que han contado nuestras historias más patéticas, por no dejarnos salir hasta tarde como al resto de nuestros amigos, pero, sobre todo, por esa vez que entramos en su habitación y los pillamos haciendo un cumlouder sin cámaras ni chonis… Por todas esas razones, hagámosles abuelos y que se jodan.

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