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Max Aub vuelve a España

"Aub llegó a sentenciar en su diario: “En general, los españoles están muertos""

Foto: Wikipedia

El 23 de agosto de 1969 Max Aub aterrizaba en el aeropuerto de Barcelona. Volvía a España tras tres décadas de largo exilio, con el propósito de recoger materiales para escribir un libro sobre Buñuel. La ciudad condal fue la primera etapa de un viaje con otras dos paradas importantes: Valencia y Madrid. Durante tres meses pudo reencontrarse con viejos amigos, volver a tener contacto con su familia y, sobre todo, palpar una vida cultural española donde moría lo viejo y nacía lo nuevo. Con la ayuda de un magnetófono y un cuaderno, grabó y anotó las conversaciones con numerosos editores y escritores: Carlos Barral, Esther Tusquets, Carmen Balcells, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Gaya Nuño o Américo Castro. Todo ello quedó reflejado en La gallina ciega, diario fascinante y de gran valor que sirve para dar cuenta de la sociología del franquismo tecnocrático y desarrollista. 

La lectura de La gallina ciega muestra un gran contraste entre la visión de un Aub que parecía seguir anclado en la España republicana, paraíso de una libertad ejercida con hondura, y un país que en 1969 había abrazado los estándares de la sociedad de consumo. Para esa época, los españoles habían echado al olvido la riqueza espiritual cultivada por las generaciones de 1898 y 1927, entregándose a una vida placentera cuya razón de ser era el utilitario y el mes de vacaciones en la playa. En cierto modo, Franco habría sido capaz de imponer una especie de “final de la historia”, en el que no tendrían cabida ni la política ni el conflicto ideológico. Aub, que probablemente forma parte de aquella élite cultural que según Trapiello vivió la Guerra Civil como una “belle époque” de sangre y fuego, entendió esta evolución como una desdicha y llegó a sentenciar en su diario: “En general, los españoles están muertos”. 

El testimonio de Aub puede leerse, sin embargo, desde otra perspectiva menos pesimista, sobre todo si tenemos en cuenta el largo proceso histórico que termina en la Transición política. El tiempo que va desde la muerte de Franco a la aprobación de la Constitución, fue la culminación de un cambio social y económico que se venía produciendo mucho antes. Desde este punto de vista, y como ha señalado Eloy García, el mito de la Transición es relativo porque solo tuvo que ordenar políticamente -lo cual no es poco- el consenso previamente alcanzado por la propia sociedad. En 1969 España había dejado atrás las ensoñaciones revolucionarias, pese a las primaveras revoltosas que el año anterior tuvieron lugar en Praga y París: la Guerra y la posterior dictadura afectaron la psique de un pueblo que quería vivir sin pretensiones ideológicas fuertes, dentro de los márgenes seguros que ofrecían el capitalismo y las libertades modernas. 

Max Aub tuvo tiempo de volver a España en 1972, justo antes de su fallecimiento en México. Allí fue enterrado bajo el epitafio “Hice lo que pude”. Judío nacido en París, liberal de pensamiento y radical de corazón, bien puede decirse que encarnó las contradicciones del trágico siglo que le tocó vivir.

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