Enrique García-Máiquez

Maza y guadaña

La muerte del Fiscal General evoca ecos clásicos inconscientes, porque la muerte, en nuestro imaginario, viste toga negra de juez. Maza acude a ella desde el ejercicio más activo de su puesto forense. De pronto, se habrá visto ante otro Tribunal Supremo y casi no habrá notado diferencia, pues actuó siempre (nos cuentan los que le conocieron) con rectitud y en conciencia. Así, le habrá ido muy bien en la vista oral.

Opinión

Maza y guadaña
Enrique García-Máiquez

Enrique García-Máiquez

Profesor, poeta, columnista, crítico, traductor, provinciano, aforista, diarista. Todo junto y demasiado revuelto.

La muerte del Fiscal General evoca ecos clásicos inconscientes, porque la muerte, en nuestro imaginario, viste toga negra de juez. Maza acude a ella desde el ejercicio más activo de su puesto forense. De pronto, se habrá visto ante otro Tribunal Supremo y casi no habrá notado diferencia, pues actuó siempre (nos cuentan los que le conocieron) con rectitud y en conciencia. Así, le habrá ido muy bien en la vista oral. Mientras, a nosotros, a estas alturas del mes, cuando ya habíamos olvidado que noviembre es el mes de los difuntos, su muerte nos resucita un tema (¿paradójicamente?) eterno.

La muerte de Maza, además, ha ocurrido en acto de servicio, al pie de cañón. Son ésas unas muertes que resultan llenas de sentido. Estos días asistía al funeral de un marino de guerra, y el cura castrense habló de la nobleza de la vida entregada por una causa justa y recordé al fiscal, al que me llevó tanto la palabra “causa” como la palabra “justa”. Y rememoré por mi cuenta (y riesgo) el desdén de William Wallace por una muerte tras una vida sin sentido, después de haber desperdiciado la oportunidad de escribir la historia sirviendo un ideal trascendente. ¿Recuerdan aquella arenga guerrera de Braveheart, verdad?

Yo lo tengo experimentado, siquiera sensu contrario. Me dio un dolor en el pecho que estaba convencido de que era un infarto (aunque fue la hernia de hiato) y creí que me citaban a Juicio. Entonces, imaginando que venía la muerte y tenía los ojos de un crítico literario, me entró la obsesión de que ese día había publicado en el periódico un artículo tontísimo, una frivolidad para salir del paso, e iba a dar yo el paso definitivo ese día, precisamente. ¡Qué bochorno de últimas palabras! Desde entonces, antes de publicar una chorrada, me tomo el pulso. No vaya a ser que…

Tampoco vaya a parecer que defiendo la muerte prematura y, a ser posible, en el puesto de trabajo. Admiro la muerte significativa, comprometida, coherente y entregada a una causa más grande que la vida. Esa aspiración se puede mantener más allá de la edad de jubilación, y eso es lo ideal. Ojalá José Manuel Maza hubiese vivido mucho más. Hoy, porque no queda más remedio, le agradecemos su ejemplo y que nos haya recordado que aún es noviembre y, por tanto, el mes de honrar a los difuntos. Con él, resulta fácil el recuerdo y la honra. No tanto la emulación, pero también nos la ha puesto por delante.

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