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Me indigno, luego existo

"La indignación ha pasado de derecho individual a obligación colectiva en una sociedad a caballo entre los minutos de fama de Warhol y los minutos de odio orwellianos"

Foto: Jason DeCrow | AP

Ando estos días buscando un coach, como se dice ahora, que me enseñe a encolerizarme, porque no me indigno lo suficiente. Lo intento, aprieto los labios y me congestiono como Greta Thunberg, pero no hay manera. Yo querría grabarme como Rivera desde casa, con el flequillo despeinado por el arrebato, aunque sea más de Malú. Caí en la necesidad de un asesor profesional en el zapatero, oficio clave en Marbella pues a cuenta de beber champán en los zapatos debemos arreglarlos cada poco tiempo. Una rusa, nada saladilla, protestaba porque un señor llevaba esperando media hora a que le entregaran sus mocasines. Me recordó a Zoya, el personaje ruso comunista de Glow, la serie sobre las reinas de la lucha libre de los 80. Le faltó decir: “En Unión Sovvviética sólo hacerrr cola para verrr matrrrioskas”. La ira fue contagiándose de un cliente a otro, que levantaban la voz como en un dominó a la inversa, y temí que aquello derivara en vía Laietana. Lo curioso era que se enfurecían por el único que no se había molestado, que esperaba mansamente a que el zapatero se pusiera a sus zapatos.

La indignación ha pasado de derecho individual a obligación colectiva en una sociedad a caballo entre los minutos de fama de Warhol y los minutos de odio orwellianos, cuyo común denominador no es ser uno mismo sino humo mismo. Quien no se indigna parece que no existe. Nos alteramos por todo y por nada, tanto por una expulsión de “Gran Hermano”, como por un plagio o una entrevista. Unos se enfadan con los que cumplen la ley y otros con los que la desobedecen; unos con los muertos y otros con los vivos. Andamos, como Raphael, con el escándalo en la boca. La explotación de esta indignación es un negocio que llena redes sociales, programas televisivos y electorales, porque no hay partido que no sea populista en vísperas de elecciones. Ahí tienen a Sánchez, quien a tumba abierta pretendía recolectar el voto airado de izquierda y nacionalistas en trueque de cambiar el pasado —aunque sea de sitio—, sin saber qué chaqueta ponerse en otro desenterramiento, el de las protestas en Cataluña, y cada vez menos confiado en que a cuenta de los restos de Franco vaya a quedarse para los restos.

El negocio de la indignación se alimenta de la inocencia, de esperar que la vida sea como uno quiere o como cree que debe ser. Un ideal que cada uno entiende como puede o le conviene —“eres mi ídola”, dicen en la tele—, y a falta de consenso en cuál ha de ser el modelo no puede funcionar ni la ejemplaridad ni la docilidad, el mecanismo que rige la coexistencia social según Ortega y Gasset: “Se obedece a un mandato, se es dócil a un ejemplo (…) Esta obediencia no podrá ser normal y permanente sino en la medida en que el obediente haya otorgado con íntimo homenaje al que manda el derecho a mandar”. A ver quién es el osado que le otorga un íntimo homenaje a Torra, que se queja castizamente de que no lo llaman. “¿Cómo va a haber organización en la política, si no la hay ni siquiera en las conversaciones?”, añadía Ortega.

Un país siempre excitado es, paradójicamente, un país impotente —adiós al mito—, tan atareado en enojarse que no encuentra tiempo para ocuparse de aquello que le irrita.

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