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Medievalismos

En los años ochenta se inventó en la corte pujolista la cosa del milenario catalán, y unos cuantos historiadores firmaron debajo —en las cortes nunca faltan historiadores ni filólogos—

Foto: Francisco Pradilla | Francisco Pradilla

Hace un par de años me inventé una tradición, como si fuera un concejal de cultura y festejos cualquiera: dedicarle al menos dos de mis lecturas de verano a la historia de la civilización islámica. Este verano tocaba, entre otros, Kingdoms of Faith, de Brian Catlos, un medievalista estadounidense que vive “entre Colorado y Barcelona” —pienso que no en el Océano sino un tiempo en cada una—. Se trata de una síntesis actualizada del Islam medieval peninsular, que viene recomendada por la bendición de algún autor español de prestigio como Alejandro García Sanjuan.

Por empezar por el final, cuando se dedica más puramente a la nuez del asunto, Al Ándalus, Kingdoms of Faith cumple razonablemente bien su función de síntesis accesible; los capítulos sobre los moriscos son francamente buenos y las consideraciones finales son valiosas y más que sensatas. Pero yo llegué ahí con cierta prevención, porque en la introducción y los capítulos iniciales se detectan ciertas señales que los lectores acostumbrados a la turra nacional no pueden no identificar. Por un lado está la insistencia en que el uso de “Reconquista” es indeseable, con argumentos que suenan a García Sanjuan o Eduardo Manzano (que prologa la edición española); pero, a la vez, Catlos no tiene más remedio que citar las palabras de Fernando I al depuesto rey de Zaragoza, Ismail ibn Dhi (“requerimos nuestra tierra, que hace mucho conquistasteis y habéis habitado tanto como Dios ha dispuesto”); incluso si antes ha escamoteado la presencia de una ideología muy similar en la corte asturiana. Más grosero por inesperado resulta el cuidado con el que sugiere el ser histórico ancestral de vascos y catalanes, a costa de arrastrar por varias páginas la consabida fórmula de la “Corona catalano-aragonesa” y alguna más creativa aún, y prácticamente hacer desaparecer al reino aragonés del relato. Nada que ver con el escrupuloso bisturí que se aplica tanto a la citada Reconquista como a la idea general de España. Investigando un poco sobre Carlos, se averigua pronto que está casado en el Principado, suponemos que felizmente, y que participa en proyectos de investigación como el Grup de recerca de la Corona Catalano-aragonesa – l’Islam i el món mediterrani. Y como no le deseo ni discordias conyugales ni penurias económicas, vamos a dejarlo aquí.

En los años ochenta se inventó en la corte pujolista la cosa del milenario catalán, y unos cuantos historiadores firmaron debajo —en las cortes nunca faltan historiadores ni filólogos—. El argumento era que, si bien Cataluña como tal no existía —no aparece mencionada hasta el s. XII, como reconoció incluso uno de los sabios de Pujol—, el conde Borrell II de Barcelona, al afirmar su independencia respecto al monarca francés Hugo Capeto, había dado carta de naturaleza a la comunidad política que, andando el tiempo, presidiría Pujol —he sintetizado un poco, pero el espíritu venía a ser ese—. Yo creo que lo que pensase en 988 el conde Borrell, suponiendo que pueda saberse, es una cuestión más bien ortogonal a lo que hagamos hoy con el país; pero también hay juicios sobre la verdadero y lo falso que tienen interés y cierta importancia, porque si no separamos lo uno de lo otro la vida pública, sobran ejemplos, se acaba pudriendo.

Hace unas semanas asistí a las fiestas de uno de los pueblos más castellanos de Castilla y eché un buen rato viendo la representación popular de la batalla que conmemoran en el día. Asumida la falta de medios y el amateurismo de los protagonistas, los lugareños recrean sucesos de hace mil años con tanto cuidado y cariño que me hicieron pensar con melancolía en ese sentimiento de comunidad que hoy echamos de menos en muchos pasos de la vida. También me llamó la atención el arrano beltza que enarbolaban en banderolas y sobretodos los ficticios soldados navarros que habían acudido a la batalla. No oculto que, pese a que se lo apropien algunos de los indeseables más grandes de nuestro país, me produce el arrano beltza una cierta fascinación estética. Pero su uso no está atestiguado antes del reinado de Sancho VII, en el S. XIII: doscientos años más tarde que la batalla que nos ocupa. Por la noche, durante la cena, el alcalde me contó que el amable jubilado que cada año, de forma desinteresada, les organiza la representación, emigró de joven a Guipúzcoa; y que se le había quejado amargamente del izado de una bandera española ante la iglesia del pueblo unos minutos antes de la representación.

A veces uno siente algo parecido a envidia de la monomanía; es al fin un guion, una planilla, un remedio casero al “terror de la historia”, por decirlo con Eliade. Hace unos años dos periodistas de Burgos titularon su libro Castilla, la nación inventada. Que venía a ser, en su contexto, como decir el balón redondo. Un amigo de Eliade, Cioran, se preguntaba si una civilización —¡una nación!— podía sobrevivir sin la confianza o soberbia con que los atenienses mataron a los traductores de Jerjes por usar el griego para ventilar asuntos de un bárbaro. Yo creo que los castellanos tienen suerte de que títulos como ese aún puedan escribirse sin mayor apuro.

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