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Meditación sobre la eutanasia

Foto: Raw Pixel | Unsplash

Un monje benedictino no es menos objetivo que un economista o un científico que experimenta en su laboratorio. Lo advierte William T. Cavanaugh: “Las relaciones económicas no operan a partir de unas leyes neutras desde el punto de vista moral, sino que son portadoras de unas convicciones específicas acerca de la naturaleza de la persona humana, acerca del origen de la persona y del destino de la persona”. La lógica mercadotécnica tiene su propio credo y mira con horror la enfermedad, que narra como un estorbo. En la sociedad del consumo, donde la juventud se alarga con bisturí y a la chochez se le encarcela en agradables geriátricos, la muerte es la interrupción de la cadena productiva en la que el ser humano es una pieza diminuta y canjeable. Y el enfermo, sobre todo el enfermo crónico o terminal, una máquina defectuosa que no sirve, carece de utilidad, no vende. La eutanasia, entonces, es la consecuencia lógica de esta visión utilitarista de la vida humana. Y la muerte se convierte así en una trituradora, el desguace al que se arrojan las vidas “defectuosas”, que no son aptas para el consumo. El discurso mercadotécnico no sólo hace del enfermo terminal un desecho, también modifica la función del médico, que es, desde Hipócrates, la de acompañar y aliviar el dolor del enfermo. Al priorizarse la vida biológica, el profesional de la medicina se reduce al profesional del cómputo, un mecánico que mantiene las cifras de la analítica. No es extraño que dediquemos la vida a conservar la vida, único bien seguro. Y que los médicos descuiden otras dimensiones del hombre y se ocupen exclusivamente de la orgánica. De ahí que la muerte, hoy en día, sea un anacronismo y una molestia que echa abajo el decorado de un mundo saludable y pulido. De ahí también que Byung Chul-Han sostenga que morirse es hoy en día más difícil que nunca. Y también enfermar, digo yo. Desde estos presupuestos ideológicos, el sufrimiento es un sinsentido y atajarlo se convierte en una tarea necesaria; más si hablamos de un sufrimiento irreversible que supone, además, un gasto económico para el Estado.

La portavoz socialista Adriana Lastra lo dijo muy bien a propósito de la nueva proposición de ley, cuando anunció que el objetivo es “evitar alargar el sufrimiento”. Dijo también: “Presentamos esta ley desde el respeto a la dignidad, a la libertad, a la autonomía de las personas cuya única perspectiva actual es sufrir y desean poner fin a su calvario”. La dignidad, como se sabe, es para Lastra y los defensores de la eutanasia un valor que fluctúa y no algo intrínseco a la persona. Un sinónimo de salud, más exactamente. Lo contrario de lo que señala el Consejo de Europa, que habla de una dignidad inherente a la persona. Y lo que es más importante: una dignidad de la que no pueden privarnos ni el dolor ni el sufrimiento ni la debilidad. La vida de aquella niña que vi morirse dando berridos en la sala de oncología, por tanto, es tan digna como la del saludable hijo de los vecinos del cuarto. No es la salud o la mal llamada calidad de vida lo que nos hace más o menos dignos, sino el ser, la misma existencia. También aludió Lastra a la libertad y la autonomía del paciente, términos que suelen emplearse en defensa de la eutanasia. Se trata, claro, de una libertad sartreana por la que el suicidio parece una toma de control, la manera de zanjar el propio destino, aunque en realidad sea una escapada de un destino ineludible: la propia finitud. Una huida de la sorpresa y del misterio. Está claro: uno puede matarse, si quiere. Pero para que matarse sea un derecho, matiza Fabrice Hadjajd (Tenga usted éxito en su muerte), hace falta que matarse sea bueno. En efecto, existe el derecho a la vida, pero que la destrucción de la misma lo sea es un contrasentido. Así las cosas, por un lado se subraya la protección de los derechos humanos, y por otro, señala Germán Zurriarán en El final de la vida, se justifica su violación. La decisión del enfermo, además, implica a los demás. Somos criaturas comunitarias, vivimos en sociedad. Ni siquiera el hombre más solitario vive aislado (in-firmitas, de hecho, significa quien no puede estarse en pie por sí mismo). Que el enfermo que decide poner fin a su vida necesite un cómplice lo corrobora. Tánatos crea su propia comunidad. En una sala hospitalaria donde se practica la eutanasia, se produce una escena parecida a la de Pentecostés, sólo que en esta caso no es la Vida la que irrumpe en un espacio lleno de miedo, sino la Muerte, que dice beatíficamente: Paz a vosotros.

La diputada de Unidos Podemos, Eva García, destacó en el Pleno donde se votaba el nuevo proyecto de ley que la nueva situación es un punto de partida para que se deje de dar la espalda a la sociedad que sufre. Yo pienso que es lo contrario: la nueva ley da la espalada, precisamente, a los que sufren. Y de qué manera. La aprobación de la eutanasia es la constatación de una derrota social. Es la impotencia de la sociedad frente a nuestro destino, su incapacidad para asimilar la experiencia de la vulnerabilidad y del límite, tan necesarias. El moribundo molesta porque recuerda nuestro destino: por mucho que nos cuidemos y vayamos al gimnasio moriremos. Y por tanto es necesario, y hasta urgente, conservarlo como un icono. El moribundo, vuelvo a Hadjadj, debe reencontrar su lugar de veneración en el corazón de la sociedad y la familia. Un moribundo no es una carga, nos coloca frente al misterio, más allá de la inteligencia. Es, me atrevo, el superhombre. Porque se encuentra inmiscuido en la verdadera aventura, que es el abandono. La solución no es la huida. Al dolor se le acoge y acompaña o se le destierra por ser impenetrable. Se le rehúye. Bajo el barniz sentimental, como acostumbra nuestra época, se esconde el pánico, una derrota clamorosa frente al agónico, que sigue siendo incomprensible para la ciencia y un trasto para el mercado. Aun amenazado por las excavadoras del cientificismo y la tecnología, el Monte de los Olivos, no obstante, sigue en pie para acoger todo lo humano.

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