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Meditación sobre Pokémon Go

Yo fui niño de la generación Pokémon, y algo más, con otra trascendencia: yo fui un niño que vivió la invención de toda una generación Pokémon. Cómo olvidar aquellos primeros años de la década pasada, los inicios del siglo XXI, las inmensas antenas de los teléfonos móviles asomando en el bolsillo de los españoles, con sus diminutas pantallas en blanco y negro, con sus Snake y con el imperio del Nokia 3310; cómo olvidar el temor del efecto 2000, las tardes de Patricia Gaztañaga, la llegada del Euro, los penaltis del mundial de Corea del Sur.

Yo fui niño de la generación Pokémon. De una promoción que probaba, que crecía, con unas ideas en torno a la tecnología cuyos avances significaron la mayor revolución cultural desde la creación y difusión de la industria. Pokémon fue uno de los atributos, uno de los símbolos, uno de los iconos de este cambio, aunque por aquel entonces tan sólo lo viéramos como un entretenimiento de los sábado por la mañana y como un álbum en el que buscábamos rellenar los 151 cromos de la colección.

Ahora han ido más allá, los clásicos videojuegos de consola se han quedado pequeños. Desde este mes de julio, Pokémon ha lanzado su última propuesta, una oferta que traspasa las leyes del espacio-tiempo. La han llamado Pokémon Go, y lo que la diferencia del resto de animaciones digitales hasta hoy conocidas es que puedes usarla en plena calle, sin la consola como intermediario: con la pantalla del móvil es suficiente. El videojuego te lleva a que descubras Pokémons escondidos en las calles de tu barrio, en los jardines de tus ciudades, en las esquinas de tu distrito. Un pantallazo a la realidad y ahí que se presenta la ficción.

Que esa confusión entre realidad y ficción produce un indecoroso número de escenas surrealistas es innegable, pero yo me quedo con la principal moraleja de Pokémon, tanto en sus protagonistas como en su industria: cualquier bicho, por feo y torpe que sea, tiene la oportunidad de evolucionar.

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