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Memoria democrática

"Gran parte de los universitarios vascos actuales, se informa al espectador, ya no saben quién fue Miguel Ángel Blanco"

Foto: ALVARO BARRIENTOS | AP

Me lo advirtió un buen amigo abogado. Después de revivir la angustia de las cuarenta y ocho horas del chantaje ignominioso al Estado, el espectador solo puede quebrarse ante esa escena. A Miguel Ángel Blanco –mártir de nuestra libertad– ya lo han asesinado. En presente un ertzaintza rememora aquel instante de tensión desbordada cuando él y otros compañeros de la policía bajaron de la furgoneta y se plantaron ante una sede de Herri Batasuna para defenderla y, defendiéndola, defender la democracia. Pero la ciudadanía desolada, que hasta entonces apenas había podido gritar su rabia contra la mafia amenazadora que corroía la convivencia hasta destruirla, ya no podía contener la ira y a ellos, que eran víctimas potenciales de los terroristas, les tocaba defender la sede del brazo político de los etarras porque ese era su trabajo. Y entonces el ertzaintza cuenta que un compañero se le acercó para susurrarle que tal vez, porque los manifestantes son de los nuestros, valía la pena quitarse el pasamontañas. Lo vemos. Lo hicieron, experimentando el riesgo de la libertad, y sus conciudadanos les abrazaron.

El sacrificio de hombres y mujeres que arriesgaron sus vidas a conciencia para que todos ganásemos libertad es uno de los hilos más conmovedores de la serie documental ETA. El final del silencio. Vale por esos ertzaintzas. Vale por el empresario que se negó públicamente a pagar el impuesto revolucionario. Y lo mataron. Vale por el ingeniero que decidió seguir con el trabajo de construcción de una central nuclear. Y a quien tirotearon una mañana cuando iba a dejar a su hijo para que fuese al instituto. Vale por Juan Mari Jauregui, el socialista que había sido gobernador civil, y que marchó a ganarse la vida al extranjero, pero que volvió a su país y paseó por Tolosa sin escolta. Y le dispararon. Vale por los jóvenes que se afiliaron al Partido Popular sabiendo que los miembros de su partido se habían convertido en objetivo prioritario de los asesinos. Y mataron a Miguel Ángel Blanco. Y a tantos otros. Y a tantísima gente común.

Al final del capítulo sobre el concejal de Ermua se sobreponen unas palabras sobre la imagen en movimiento de un comedor universitario: gran parte de los universitarios vascos actuales, se informa al espectador, ya no saben quién fue Miguel Ángel Blanco. Para quienes tenemos esas cuarenta y ocho horas como un momento fundacional de nuestra conciencia ciudadana, el dato de entrada desconsuela. Pero únicamente de entrada. Porque no es menos cierto que el olvido del trauma posibilita desligarse del pasado y refundar así la convivencia en libertad. Tal vez no sea justo, pero la paz no siempre es justa. Lo que no significa que una memoria del dolor, tratada con meditada responsabilidad política, pueda seguir solidificando una ciudadanía más libre. Esta serie admirable lo consigue. Porque las víctimas, encarnadas por la humanidad ejemplar de Maixabel Lasa –que comparte el pan con uno de los etarras que participó en el asesinato de su marido–, tienen la magnanimidad de legitimar a los victimarios para que, pidiendo perdón, puedan ser copartícipes de la casa en construcción de la paz y la reconciliación que fundamentaron quienes arriesgaron su vida por nosotros.

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