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Memoria

Foto: Cristian Newman | Unsplash

A la señora Paula le diagnosticaron la enfermedad hace ya muchos años. Recuerdo la noticia perfectamente, a pesar de que yo acababa de llegar a Madrid, sin equipaje apenas, a esa edad en que no conoces el porqué ni el cómo de casi nada. Pero como ya digo recuerdo la voz temblorosa de mi madre, ese tono trágico de quien explica algo que no comprende, que ni siquiera sabe pronunciar, pero que a pesar de todo le provoca un miedo atroz. La señora Paula, como buena vecina de meseta, tenía mucho más de confesora, de canguro o de vigilante que de simple vecina. Eso, en el plano objetivo. En el subjetivo, era una de esas figuras que no desaparecen de la niñez, y que por muchos lustros que pasen seguirán viviendo allí, inevitablemente. La voz que gritaba alto cuando todos los niños de la provincia de Segovia querían ser Perico Delgado, o que te recordaba que no había nada al otro de la carretera cuando el asfalto de la nacional a La Coruña te atraía.

El primer año que pasé en Madrid fue un infierno. Esa ciudad te hace pagar el peaje: te sientes solo donde más tarde te sentirás para siempre en casa. Así que cada fin de semana me acercaba al pueblo, por la misma carretera de La Coruña de la que tantas veces nos salvó aquella anciana que poco a poco se iba apagando. Apenas la veía, recluida ya en el calor de su casa, y sólo mi madre me contaba, a veces entre lágrimas, lo mal que lo estaban pasando todos allí. Volví a verla en verano, la última vez antes de que se marchase un día lluvioso de otoño. Iba acompañada de su hija, Esther, quien sujetaba su brazo con la mirada perdida pero con tanta fuerza que la anciana, desvalida pero segura, a punto estuvo de echarse a correr hacia mí al verme. Hubiera creído que recordaba algo de aquellos años, pero obviamente esa memoria había volado, y la señora Paula ya sólo hablaba de mulas y carros con palabras extrañas. Supuse que se había marchado al mismo sitio adonde ella me llevaba: a la niñez.

Han pasado muchos años, vamos ya para dos décadas, y el recuerdo de aquella enfermedad horrible, incluso asimilada en tercera persona, sigue acojonando. Una dolencia cruel, que fue poco a poco destruyendo el ánimo de aquella mujer de hierro, de aquel ángel. Juro que no encuentro etiquetas que puedan definir lo que esa enfermedad supuso y que, a la vez, no resulten frívolas para todos aquellos que la sufren. Terminó de revivir la dichosa palabra cuando, en pleno brote primaveral, mi madre me llamó para comunicarme que le habían diagnosticado la misma enfermedad a Esther, su hija, la mujer que con tanta fuerza sujetó a la señora Paula durante meses. Mi madre utilizó el mismo tono trágico, a pesar de que ya sabe en qué consiste la enfermedad, por mucho que siga sin saber pronunciar su nombre. Esa tragedia ha saltado ya de generación, se ha instalado en la de mi madre, y pareciera que uno sólo es consciente del paso del tiempo cuando llegan episodios de este tipo. Esther no me lleva a la niñez sino a la juventud, esa que dejé atrás al subirme en un tren dirección Madrid. Supongo que algún día estas tragedias llegarán al presente, y habrá que estar preparado. Por lo demás, sólo me queda decirte: gracias, Esther, por aquella juventud de la que no te irás. Lo único que deseo ahora es que seas feliz de cualquier manera, en este presente o en algún otro.

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