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Mentores y telémacos

Foto: Nicole Honeywill | Unsplash

Ayer se desató un nuevo desastre en el aula y me veo obligada a hablar con mi hijo de 11 años, una vez más, de la odisea:

-Me dice tu profesora de matemáticas que te negaste a hacer unas multiplicaciones de fracciones, que rompiste el ejercicio y que dijiste que las matemáticas son una peste aburrida.

-No dije que sean una peste aburrida, escribí en la ficha que son una caca aburrida.

-Vaya por dios. ¿Y por qué te negaste a hacer el ejercicio y montaste semejante escándalo?

-No me negué. No sabía hacerlo. Ella se olvidó del pequeño detalle de decirme cómo había que hacerlo, me dijo que lo hiciera y yo no sabía. ¡No sabía! Y, si no lo hacía, no me dejaba participar en la actividad de grupo chula que íbamos a hacer después.

-¿Y antes de romperlo en cachitos cogiéndote semejante rabieta no habría sido más práctico para todos que le dijeras: “Lo siento, no sé hacerlo. Si me dices rápidamente cómo se multiplican las fracciones lo hago en un pispás”?

-Sí, lo siento. Habría sido más práctico.

-Cariño… de mayor quieres ser profesor. ¿Quieres ser profesor?

-Sí, quiero ser profesor. Quiero explicarle el mundo a los niños como yo.

-¿A los niños que quieren saberlo todo?

-A los niños que quieren saberlo todo les explicaré cómo pueden entenderlo todo investigando y a los niños que no quieren saber nada, les enseñaré cómo se hace para querer saber.

-Entonces no quieres ser profesor, quieres ser mentor.

-¿Cuál es la diferencia?

-Ah, la diferencia es importantísima y es la que convierte al profesor en el rescatador, en el héroe de esta pequeña odisea que llamamos escuela. El profesor es alguien que te pone delante unas fracciones y te enseña cómo se multiplican. Su trabajo tiene un fin literal: enseñar a multiplicar fracciones. El problema de ser un profesor literal es que jamás serás recordado por haber enseñado a nadie a multiplicar fracciones. Tu huella en el mundo será nula, porque hay millones de personas en el mundo enseñando a multiplicar fracciones y si un niño no aprende este año a multiplicarlas con tal persona, lo aprenderá el año que viene con tal otra. Sin embargo, el mentor es otra cosa. Es un ser humano que se niega a ser cualquiera. Es otro como tú, que pasó por lo mismo que tú y quiere cambiar el pasado.

-El pasado no se puede cambiar.

-Un mentor lo cambia. Cambia su frustración, cambia las injusticias que ha visto, evitando que se repitan.

-Eso es cambiar el futuro.

-Bueno, quizá los tiempos pasado y futuro sean algo más arbitrario de lo que pensamos. La cosa es que el mentor es una persona que engloba al profesor, pero tiene una entidad mayor, de abrigo, de fuerza, de espejo al que aspirar, de guía y consuelo. Es un padre postizo, una madre postiza, desde el lugar privilegiado de que no tiene más responsabilidad que la de hacer de guía y no depende de él alimentar al niño, vestir al niño, criar al niño y amar al niño. Su única responsabilidad es enseñar desde un lugar superior a esas fracciones, a esos ejercicios literales que son la excusa para enseñar, no el fin de la enseñanza. Date cuenta de que cualquiera puede saber explicar algo, pero explicarlo bien es una cosa y explicarlo de forma que apetezca dejarlo todo y hacer ese ejercicio exactamente es otra. El mentor es un profesor que emociona, que ejerce de guía y consejero y que le añade a las fracciones y a las ecuaciones esa cosa intangible que ayuda al estudiante a entenderse mientras entiende el mundo. Un mentor va más allá del texto literal o la suma literal. Un mentor creo que es alguien que quiere cambiar el mundo desde el alma de sus alumnos y se expresa en ellos, con ellos, como un baile. Un mentor es para siempre, incluso cuando la relación con el alumno ha desaparecido.

-¿De dónde viene la palabra mentor? ¿De mente?

-De mente, sí, del griego, pero una vez más, volvemos al texto por excelencia: La Odisea de Homero. Méntor era un personaje de la Odisea, el buen amigo de Ulises que se queda cuidando de sus asuntos cuando Ulises se marcha de Ítaca.

-Algo así como su agente en la isla.

-Exacto. Es quien cuida de su hacienda y es el preceptor de Telémaco.

-¿Quién es ese?

-El hijo de Ulises. En el colegio, todos los niños sois Telémaco, todos estáis alejados de vuestros padres, que mientras nos vamos a la guerra de Troya de cada día, delegamos en los maestros para que os guíen y enseñen, os orienten y os ayuden. O al menos, eso es lo que nos gustaría a los padres, que los profesores fueran mentores. Pero no lo son en la mayoría de las ocasiones. Hay que decir que no es fácil serlo, porque un mentor tiene que estar hecho de mucha sabiduría y experiencia y los profesores que tenéis en las primeras etapas de la enseñanza son muy jóvenes, inexpertos y no saben que, para dejar una verdadera huella en el mundo, no hay que ser literal. Esos profesores a veces llegan a mentores con los años, a veces no. Si llegan, serán los profesores recordados por siempre. Los Mr Chips de la tierra. Para ser ese profesor recordado, ese profesor que deja una huella inmortal en sus alumnos, hay que aspirar a enseñar a pensar, a orientar al alumno a través de la pequeña odisea de la mezcla de estudios con emociones. Este suele ser el papel de los tutores, pero debería ser el papel de todos los que vivimos rodeados de niños.

-Sería bueno tener un mentor.

-Ya lo tienes.

-¿Quién?

-De momento, soy yo. Os ayudo, os oriento, os escucho y, sobre todas las cosas, me paso el día tratando de cambiar el pasado.

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