Ricardo Calleja

Mercado de vientres

En nuestro imaginario colectivo, la ley del mercado es la ley de la selva, la competencia salvaje que alumbra la supervivencia de los más fuertes. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El mercado es un ecosistema delicado que permite que se den intercambios mutuamente beneficiosos entre individuos libres y razonablemente iguales, mediante el mecanismo de los precios.

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Mercado de vientres

En nuestro imaginario colectivo, la ley del mercado es la ley de la selva, la competencia salvaje que alumbra la supervivencia de los más fuertes. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El mercado es un ecosistema delicado que permite que se den intercambios mutuamente beneficiosos entre individuos libres y razonablemente iguales, mediante el mecanismo de los precios.

Ese ecosistema tiene reglas y barreras que deben ser respetadas (o defendidas), para evitar que el libre intercambio de bienes derive en formas sutiles o explícitas de dominio de los más fuertes, con daño para la justicia de las relaciones humanas, pero también para la eficiencia económica.

Algunas de esas reglas se refieren a la garantía de ese mínimo de igualdad en el intercambio. De ahí las normas e instituciones que velan para evitar la formación de monopolios y otras formas de colusión entre empresas; o las que impiden que los poderes económicos mediaticen el proceso político, donde cada persona vale un voto, al margen de los euros que tenga en el bolsillo.

En esta línea se sitúa también el principio de derecho laboral según el cual la libertad de contratar del trabajador está limitada, para evitar que el poder negociador del empresario imponga condiciones de trabajo -horarios, vacaciones, salarios- más cercanas a la esclavitud que a la libre cooperación en una empresa común.

Existe otra norma básica para la conservación del ecosistema del mercado: hay bienes que deben estar excluidos del comercio, por ejemplo -decían los romanos- las res sacrae. Algunos bienes son necesarios precisamente para la constitución de individuos razonablemente iguales (como la educación o la sanidad), por lo que su provisión debe estar garantizada. Y otros por su propia naturaleza de bienes humanos básicos no son comparables entre sí (es decir, comprables o intercambiables), y por lo tanto no pueden proveerse por el mercado sin quedar corrompidos. Es el caso del amor, la amistad, el saber, la religión… Se pueden comprar amigos en Facebook, pero eso no son amigos.

Por supuesto, algunas de las afirmaciones anteriores son rechazadas por los libertarios. Estos defienden por principio la existencia de derechos de propiedad absolutos, que se extienden al propio cuerpo. En pura lógica, deberían ser legales la prostitución, el consumo de drogas, la compraventa de órganos, y cualquier otra práctica que no dañe a terceros y siempre que medie consentimiento entre adultos. Y por supuesto también la libre contratación en el mercado de trabajo, sin regulaciones paternalistas. Para el libertario no hay diferencia entre la manipulación y la persuasión genuina. La existencia latente de formas estructurales de dominio y desigualdad es una quimera sociológica.

Lo sorprendente es cómo algunos progresistas -no todos- compran este ticket hacia la utopía anarco-capitalista, sin preocuparse por sus implicaciones sociales. Y se entiende que algunas feministas -que denuncian esas formas de dominio y manipulación aún presentes en nuestra sociedad- se opongan en concreto a la comercialización de la gestación y la maternidad.

Pero incluso a quienes se precian de ser libertarios consecuentes, conviene recordarles lo que su maestro -el premio nobel Friedrich Hayek- defendía: la legislación -instrumento del diseño racional constructivista- no debe anular los órdenes espontáneos de la moral y la familia, que son fruto de la interacción de millones de mentes y que excluyen del mercado ciertas relaciones y bienes como la maternidad.

Cuando los libertarios “de izquierdas y de derechas” defienden el vientre de alquiler se contradicen: los primeros renuncian a la función del Estado social, y al principio de solidaridad; los segundos deciden ser socialistas utilitaristas por un día, para diseñar desde arriba, en sede legislativa, las relaciones entre personas, en un episodio supuestamente aislado de ingeniería social.

¿Y si la subrogación se diera sin contraprestación económica? ¿No abandonaríamos el ámbito del mercado para entrar en el de la solidaridad? En realidad, esto plantea de modo más radical el problema de la manipulación y de las estructuras de dominio implícitas: lograr que alguien altere la estructura de la maternidad -que articula lo genético, la gestación, lo emocional y lo legal-, ¡sin necesidad siquiera de pagarle! Y por supuesto no anula otras cuestiones también fundamentales, pero que aquí he dejado al margen, sobre los derechos de los niños deseados, concebidos y nacidos, especialmente en lo referido a sus relaciones de filiación.

Todos los grandes debates públicos se pueden reconducir a la distinción radical entre sujetos y objetos, entre personas y medios de producción. La mentalidad progresista y la libertaria tienen en común su pasión por derribar barreras, sociales o de mercado, para redefinir las fronteras entre personas y cosas. La actitud prudente es no tirar abajo los muros hasta que no hayamos entendido por qué estaban allí. Aunque sean obstáculo para satisfacer deseos legítimos. De otro modo, podemos estar abriendo sutilmente las puertas a la jungla o al menos corrompiendo relaciones humanas fundamentales.

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