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Meterse en jardines

"Cuánto mejor nos iría a veces si, en lugar de actuar, durmiéramos"

Foto: Emilio Naranjo | EFE

Cuando mis hermanos empezaron a hablar de las flores como si se tratara de señoras de pueblo, con el artículo determinado delante, supe que se habían hecho mayores. “La celinda este año no sale”, decían, mientras yo me metía en otro tipo de jardines. Quizá madurar sea conocer el nombre de las plantas. Porque la madurez llega cuando se va la prisa, la urgencia por triunfar, por gustar, por tener, y solo entonces es posible apreciar la calma activa de los vegetales. Ahora, si escucho “tulipán”, no espero el helicóptero de la margarina. Ya no veo en el pelo de mi madre la silueta de un Jackson Five, sino un diente de león, siempre dispuesto a conceder un deseo. El periodismo tiene, además, algo de oficio de florista: hacer ramos con las flores de otros.

De las plantas uno aprende que en la vida se puede morir muchas veces y otras tantas se resucita. Que con el dónde también se responde al quién. Que los hombres más atractivos son los que están, no como un tren, sino como una regadera. Que a veces hay que esconderse para entender nuestro propio secreto, como dice Clarice Lispector de las violetas; también escribe en De Natura Florum que el esplendor puede nacer de la esterilidad despótica —véase la flor del cactus—, aunque no sé si se dará tal milagro en el Gobierno. El jardín enseña a arrancar las malas hierbas del pensamiento, a podar la impaciencia, a disfrutar del tiempo entre el deseo y su consecución. Los capullos son como paquetes de Navidad que nos está vedado rasgar; y, una vez abiertos, apenas telegramas de belleza. Pero los tallos mutilados nos recuerdan que de lo feo se puede sacar partido. “¡Con un solo ojo conseguí a mi esposa, con un solo ojo!”, presumía Sammy Davis Jr.

En un jardín nunca se está solo, ya lo avisó Marguerite Duras. Es una comunidad de vecinos silenciosos donde levemente estorba la obra de alguna araña, la rave del moscón y esos tuiteros furiosos que son los mosquitos. A veces hay jornada de brezos caídos: la naturaleza transita del éxtasis al diazepam. Observo los hibiscos, que se abren y cierran como sombrillas, y los soles indecisos de las margaritas, que parecen tener el mismo debate que yo: “salgo, no salgo, salgo, no salgo”. Las enaguas de las francesillas me sugieren rescatar el miriñaque para cumplir con el distanciamiento. Habría que implantar velazquianas meninas de seguridad.

Ahora que los escolares madrileños van primeros en el informe pizza, que en las peluquerías ya no es posible medir el tiempo en revistas, ahora que se impone el metacrilato en las citas —imposible no salir, ay, mamparados—, ahora que el mundo no es un pañuelo sino una mascarilla, existe todavía un refugio de normalidad, el jardín, donde contagiarse de paz y de musa. Aunque a Camba la naturaleza solo le inspiraba una cosa: dormir. No es poco. Cuánto mejor nos iría a veces si, en lugar de actuar, durmiéramos.

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