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México y el relato nacionalista

La nación mexicana no se liberó de la colonización española, sino que surgió de ella

Foto: Marco Ugarte | AP

Esta semana supimos que el Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, había remitido una carta al rey Felipe VI solicitando que España reconozca los agravios causados por la Conquista. Las respuestas en España han sido diversas. Pablo Casado respondió desde el orgullo patrio: «Lo que ha dicho es una afrenta para España». En la misma línea, Albert Rivera: «La carta de López Obrador es una ofensa intolerable al pueblo español». Por su parte, Ione Belarra, portavoz adjunta de Unidos Podemos, señaló que AMLO «tiene mucha razón en exigirle al rey que pida perdón por los abusos en la Conquista», y algo parecido dijo Aitor Esteban, del PNV. Los más sensatos apelaron al evidente anacronismo del requerimiento: ¡cómo juzgar con la sensibilidad actual sucesos de hace quinientos años! Pero lo llamativo es que nadie ha optado por impugnar, de plano, el marco nacionalista del debate, cuando es ahí donde está la raíz de la confusión: todos los actores han aceptado acríticamente que aquella España de hace quinientos años se corresponde con un «nosotros» (o un «ellos») actual.

Lo relevante no es si lo acontecido en el siglo XVI debe juzgarse con la sensibilidad del siglo XXI. Tampoco si los españoles construyeron universidades, o si personas como Bartolomé de las Casas o Francisco de Vitoria trataron de proteger la integridad de los indígenas. Siendo muy pertinente conocer que la expansión ibérica fue un fenómeno plural y muy complejo, la realidad es que, aunque hubiese consistido solo en despiadados asesinatos en masa, el actual Estado español tampoco tendría que pedir disculpas, porque lo único que une aquella «España» con la actual son las narrativas nacionalistas urdidas en el siglo XIX.

Hace dos siglos, el nacionalismo cumplió una función importante como legitimador de soberanía: sirvió para otorgar a las recién inventadas naciones un carácter esencial e inmutable, una ficticia fluidez histórica. Pero los intelectuales mexicanos de entonces tuvieron que lidiar con la dificultad de integrar las culturas precolombinas en el relato nacional. Finalmente, alumbraron un relato donde el México auténtico era el indígena, y los más de tres siglos de presencia española no eran sino un hiato en la continuidad histórica de la nación mexicana que, por supuesto, preexistiría a esa presencia. De esta manera, el discurso nacionalista hizo de los países surgidos de las guerras de independencia los presuntos herederos de antiguos «estados» indígenas. Pero la realidad es que la nación mexicana no se liberó de la colonización española, sino que surgió de ella. Todas las naciones americanas son posteriores a su independencia y, además, sus principales actores fueron criollos, por lo que identificar al español como «el otro» tuvo un sentido político, pero carece de rigor histórico.

Una vez consolidada la nación, conviene superar estos relatos y evitar caer en el sinsentido de situar al México actual como víctima de la conquista y, en consecuencia, a la España de hoy como victimaria. Una vez más: ni México ni España existían en el siglo XVI, y emplear determinados pronombres personales —«nosotros fuimos buenos», «ustedes fueron malos»— para referirse a los actores de aquel tiempo es, simplemente, ridículo.

Lamentablemente, en España estamos acostumbrados al tono quejumbroso del nacionalismo; ahí están el PNV y compañía adhiriéndose al sinsentido. En el régimen de victimismo en que nos zambullimos, los agravios históricos, por ficticios que sean, logran el aplauso fácil, vengan por Moctezuma o por las brujas de Zugarramurdi. No debemos caer en el error de considerar que la ontología de la víctima es siempre la correcta. Aunque con la que está cayendo, no me sorprendería que desde México alguien me acusara de Spainsplanning.

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