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Opiniones libres de algoritmos

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Mi cuñado no tiene quien le escriba

Las “creencias de lujo” se las puede permitir Ana Botín pero también ese chaval que hizo periodismo y ahora se reparte las baldas de la nevera con otra gente. En un caso son bienes complementarios, en el otro sustitutivos.

Foto: KEVIN LAMARQUE | Reuters

Mi amigo Charli -una de las poquísimas personas en las que he adivinado los rasgos del genio- dice que un tonto con novia y trabajo es casi un listo. Más que una glorificación del uomo qualunque, que ni la merece ni la necesita, me tomo la frase como una reflexión oblicua sobre los estilos de vida extravagantes a los que se abocan nuestras “élites cognitivas”, especialmente las que llegan justas a fin de mes. Alguien ha puesto en circulación el concepto de “creencias de lujo”. Las “creencias de lujo” se las puede permitir Ana Botín pero también ese chaval que hizo periodismo y ahora se reparte las baldas de la nevera con otra gente. En un caso son bienes complementarios, en el otro sustitutivos.

El otro día Pedro Herrero y yo hicimos un pequeño experimento, una cosa performativa, un happening. Nos subimos a una tarima en un bar para ver si se podía hacer humor de centro. Yo tuve hace tiempo una vocación breve pero ardiente por la comedia, en la época en que me obsesioné con Seinfeld y Larry David. Al final acabé en política, como toda la gente sin gracia. Además, a mí me hacen reír pocas cosas, y aquí es un valor no tener la risa floja. Sabemos, en fin, que hay un cierto humor de derechas, que quizás se asocie con viejas clases medias y, sobre todo, clases populares que consumen lo que cae de la mesa de aquellas. En su forma apolítica venía a estar representado por un continuo que iba de Arturo Fernández a los sketches de Noche de fiesta. Las modalidades políticas nunca han llegado a tanta sofisticación.

Como gracias a la política soy de clase media, pago Movistar. Empecé solo por ver los partidos de fútbol. Unos pocos partidos de fútbol. Ahora veo más cosas. Yo me imagino que hay mucha gente como yo que paga Movistar y ve el fútbol y otras cosas. Habrá, quizás, consumidores de esas “creencias de lujo”. Y también, por qué no, gente pequeñoburguesa con más o menos apuros; gente separada de las clases populares apenas por una generación, un título universitario y la M30; gente no excesivamente politizada aunque con sus opiniones, como todo el mundo. Algunas de esas personas votarán a Ciudadanos, o al PP, o a Vox incluso; como en algunos momentos quizás votaron al PSOE, quién sabe si a Podemos. Yo conozco a algunas de esas personas. Intuyo que habrá un número estimable de ellas. Es posible que estas personas vivan en urbanizaciones de nueva construcción; tendrán coche, quizás algún hijo, y algún perro.

Lo ignoro todo sobre el negocio audiovisual. Sólo he conocido a una persona que se dedicase a la programación en una cadena de pago. Era un tipo encantador, un “catalán cosmopolita” hecho a Madrid por 20 años, amable, elegante, de opiniones moderadas, indefectiblemente socialista. Coincidíamos con amigos comunes en unas comidas para hablar del “tema catalán”. Yo no sé si las cadenas de televisión pretenden promover el comunismo internacional, la verdad es que lo dudo. Quizás solo se pliegan a modas. Quizás haya una camarilla de jetas que tienen las puertas del negocio abiertas. No lo sé. El caso es que intento imaginar a esa gente de la que hablaba antes durante la cena, o en la somnolienta sobremesa, viendo los programas de Buenafuente o Mejide, al Gran Wyoming o a Bob Pop. Nada de esos programas, me parece a mí, habla de ellos. Quizás me equivoque. Que estas personas dediquen un rato de sus vidas a ver cómo gauchistes con más dinero del que van a tener ellos nunca se ríen de ellos, de sus estilos de vida, de lo que votan, de sus gustos estéticos y de lo que opinan en las cenas de Nochebuena, me parece una caso muy particular de “falsa conciencia”.

Hay cuestiones sobre el humor que atañen al público, pero también otras que atañen al contenido. ¿Se puede hacer humor con, no sé, los desahucios; o con el ecologismo feminista de las multimillonarias? ¿En alguna cadena de pago se puede uno reír de los pasajeros del Open Arms como, por ejemplo, de Anna Frank? ¿Se puede reír uno de los cien mil niños hambrientos de Carmena? ¿Se puede usar a la niña Greta para hacer chistes lo mismo que otros la usan para meter miedo o para vender helados? Son preguntas que no tienen una respuesta fácil, especialmente si eres un jeta. El mundo se llena de grises y matices.

Hace unos días se publicó un artículo sobre la mediocridad y los sándwiches. Intuyo que el artículo tenía una teoría detrás, pero igual era otra cosa performativa: durante unos días no dejaron de compartirlo por todas partes perfectas medianías. A todos nos gusta pensar que estamos solo de paso entre la gente corriente. En paralelo al ascenso en los salones de pago del humor de izquierdas, hay un fenómeno de estolidez que afecta a la gente de izquierdas sin minutos de tele. Cada vez parecen más tristes y más cenizos. Hay una auténtica legión de estólidos que van dejando por las redes, como baba de caracol, un rastro de jerigonza entre errejoniana y julianesca. Allá por principios del milenio fui voluntario en una asociación que atendía a inmigrantes. Dábamos clases de español, entre otras cosas, y creo que hacíamos un buen trabajo. Éramos todos estudiantes de letras. Gente bien intencionada, nada tonta, pero inevitablemente abocada al ritual; que en aquella época solía tomar la forma de caceroladas y declaraciones solemnes sobre el Oriente Próximo. El ritual es cansino por naturaleza y, si no participas, te aburres y puedes acabar ganándote fama de raro. Confieso que fue un cierto alivio cuando empecé a trabajar en un banco con chavales cuyas únicas obsesiones eran el coche y el piso -aún gozábamos la burbuja-, y pujar en eBay por polos de Ralph Lauren con el logo lo más grande posible. Hoy me los imagino en sus pisos, todos iguales, viendo a los humoristas comunistas de Movistar mientras berrean los niños.

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