THE OBJECTIVE
Raquel Sastre

Mi rubia favorita

Me gusta una barriga blandita donde apoyar mi cabeza cuando leo, una barriga que no piense que se le va a salir un abdominal y me va a dar en el ojo, pero, sobre todo, una barriga que me diga al verla «no sólo seré tu novio, también seré tu compañero de birras».

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Mi rubia favorita

Me gusta una barriga blandita donde apoyar mi cabeza cuando leo, una barriga que no piense que se le va a salir un abdominal y me va a dar en el ojo, pero, sobre todo, una barriga que me diga al verla «no sólo seré tu novio, también seré tu compañero de birras».

Hoy quiero defender con este artículo una cosa que la gente suele odiar pero que a mí me encanta: la barriguita cervecera. Nótese que he puesto diminutivo porque, aunque no me gusten los chicos con «tableta de chocolate», tampoco soy amante de los «muffins triple choco». Me gusta lo intermedio, una barriga blandita donde apoyar mi cabeza cuando leo, una barriga que no piense que se le va a salir un abdominal y me va a dar en el ojo, pero, sobre todo, una barriga que me diga al verla «no sólo seré tu novio, también seré tu compañero de birras».

Las parejas tienen que compartir algo; al igual que Alaska y Mario comparten plancha y laca, o Sara e Iker comparten un cerebro, a mí me gusta poder irme de cañas con mi chico. Sería incapaz de estar con alguien que, mientras yo me pido el tercer tanque, él va por la segunda cola light. No me fío de la gente que no bebe cerveza porque hay dos motivos para no beberla de forma habitual: por cuidar la línea, lo que te convierte en un superficial imbécil que no sabe disfrutar de la vida, o porque no te gusta el sabor, lo cual me hace pensar que también es tiquismiquis para saborear otro tipo de fluidos. Pensadlo detenidamente, si vuestra pareja os dice que no bebe cerveza porque sabe amarga, ¿de verdad pensáis que no hará falta avisarla cuando estéis llegando?

Además, los que bebemos cerveza nos ahorramos conversaciones pedantes del tipo «tiene una textura que me recuerda el romper de las olas sobre las rocas cuando hay resaca» como hacen los gilipollas que sólo beben vino y son capaces de diferenciar los múltiples aromas que afloran de su copa mientras te miran por encima del hombro como si nosotros no supiésemos distinguir una cerveza de otra. Es muy fácil, al igual que está el vino y el Don Simón, nosotros diferenciamos perfectamente entre la cerveza y la Cruzcampo. Y lucimos nuestra barriguita orgullosos como prueba de ello. ¡QUE VIVAN LAS CAÑAS, QUE VIVA ESPAÑA Y OLÉ!

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