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Virtudes cotidianas y globalización

Foto: Sang Tan | AP

Michael Ignatieff es un intelectual atípico, con costumbres nada propias de su gremio: está dispuesto a remover las bases de su pensamiento si la realidad lo requiere y a escuchar a quien le habla. Su último libro, Las virtudes cotidianas: orden moral en un mundo dividido, acaba de ser publicado en español por la Editorial Taurus y presentado por Aspen Institute España.

Las virtudes cotidianas es un libro de dos viajes. El primero, el más evidente, es el periplo físico que lleva al autor a recorrer cuatro continentes con el ánimo de responder a la pregunta: “La globalización económica, ¿nos está acercando moralmente unos a otros?”. Ignatieff va de Myanmar a Estados Unidos, de Fukushima a Río de Janeiro, de Bosnia a Sudáfrica.

La promesa que el liberalismo gritó a los cuatro vientos tras la caída del muro era clara: muerto el comunismo y sepultada con él la lucha ideológica que durante cuarenta años había movido los engranajes de la historia, ya no cabía esperar sino el advenimiento de un mundo liberal globalizado. Treinta años después Ignatieff sugiere que esa dinámica podría ser más compleja de lo que Fukuyama parecía entrever. A pesar de que “en la actualidad el planeta entero se ve empujado hacia una espiral de vida compartida, organizada alrededor del consumo, el ahorro, la inversión de capital y el trabajo asalariado”, “con más fuerza contraatacan los estados nación y sus ciudadanos”. El viaje de Ignatieff es la constatación, narrada con maestría, de un hecho que quizás no sea nuevo, pero que conviene repetir: la globalización económica, la política y la moral no van necesariamente de la mano.

El libro es, además, la historia del viaje intelectual de su autor, quien revisa muchas de sus tesis liberales y cosmopolitas. Ignatieff no es condescendiente y se pregunta con sinceridad por qué la gente sigue tomando como fuente de sus actitudes morales no los preceptos abstractos de la ética kantiana, sino la experiencia moral cercana –las virtudes cotidianas-, de la familia y la tierra, de su pueblo o su ciudad. Defensor como es de un sistema político en el que puedan desarrollase tales virtudes, Ignatieff no confía a los “grandes sistemas políticos” el futuro político y moral. El mundo económicamente globalizado no ha dado a luz un sistema moral unívoco, pero nos ha acercado, obligándonos a “contarnos” a otros que no son como nosotros, permitiéndonos así a dar razón de lo que somos y quizás a aprender y a cambiar.

De la capacidad de articular lo global y lo local -algunos autores lo han llamado “glocalización”-, de la inteligencia con la que trenzar lo que es de todos y nos une y lo que es propio y nos diferencia dependerá el futuro de nuestras sociedades. El libro de Ignatieff no es un mal comienzo para quien quiera, en lugar de levantar muros, comenzar la gran aventura encontrar y darse a conocer.

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