Beatriz Manjón

Microconvicciones

«Hoy las convicciones son los osos panda del zoo político, una especie en peligro de extinción que se exhibe para aplauso de la claque en los discursos de investidura»

Opinión

Microconvicciones
Foto: Manu Fernandez| AP
Beatriz Manjón

Beatriz Manjón

Gallega sin escalera. Periodista. Coleccionista de rechazos editoriales. Mis mejores páginas son, ay, las que no escribo. Intento vivir a salto de cata.

Entre los libros favoritos de Pedro Sánchez, lector tan ecléctico que ubicó la cuna de Machado en Soria influido por el camino de Gabinete Caligari, sorprende no encontrar Hojas de hierba de Walt Whitman, en cuyos versos hallaría coartada de gobierno: «¿Me contradigo? / Muy bien pues… me contradigo; / (soy grande… contengo multitudes)». Dado que contradecirse parece la única coherencia del presidente, habrá que considerar a Sánchez como una matrioska de Pedros. Así que no vendría mal, para que el español pudiera aclararse, que en sus comparecencias exhibiera un uniforme o complemento que identificara cada una de sus personalidades, a la manera de Barbie o Ken.

Dudar es una higiénica creencia y los años una segadora de certezas, pero hasta para improvisar una Yenka de pareceres se necesita una columna vertebral de convicciones que aporte estabilidad al baile. Chesterton consideraba un error suponer que la ausencia de convicciones definidas proporciona a la mente libertad y agilidad: «El hombre que cree en algo se muestra dispuesto e ingenioso porque cuenta con todas sus armas».

Hoy las convicciones son los osos panda del zoo político, una especie en peligro de extinción que se exhibe para aplauso de la claque en los discursos de investidura. «Si usted me obliga a elegir entre la presidencia de un Gobierno que no serviría a España o bien optar por mis convicciones, elijo mis convicciones», le dijo en 2019 Sánchez a Iglesias, que un año más tarde aprueban juntos, con Bildu y ERC, los presupuestos funerales del Estado. Será que, del mismo modo que existe el microbótox, también se estilan las microconvicciones, pinchazos de ideas diluidas, con efecto buena cara y obsolescencia programada.

Las cacareadas líneas rojas de antaño han sido sustituidas por líneas flojas, una suerte de evasé del compromiso. Frente a la costosa alta costura de las convicciones, que exigen anteponer los principios a los intereses, se prefiere el prêt-à-porter de las opiniones, adecuadas a la tendencia del momento y listas para llevar por un público más amplio. No olvidemos que, más que visión de Estado, los políticos suelen tener visión de estadio.

Ha resucitado Ruiz Quintano en ABC estas palabras de Margaret Thatcher: «Cuando yo entré en política no buscábamos consensos: teníamos convicciones, y tratábamos de persuadir a la gente de que nuestras convicciones eran las correctas». Desde luego, de nada sirve el consenso si no es con seso ni claridad, pero Sánchez, que debe de creer que el Consejo de Transparencia es el que se ocupa de escoger el vestido para las campanadas de Cristina Pedroche, insiste en que nada es verdad ni mentira: todo es del color del pacto con que se mire.

En Mozart in the jungle, un taxista le pregunta al director de orquesta Rodrigo de Souza:

—¿Por qué los violinistas son tan malos amantes?

—Porque no conocen otra postura.

Al menos habrá que agradecerle al presidente, experimentado en el artificio postural, que mantenga vivo el espíritu del latin lover. Ojalá tras su Manual de resistencia se atreva con un kamasutra.

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