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Milenarismo académico

Foto: Poodar Chu | Unsplash

Como profesor de universidad, percibo que mi estatuto social no tiene gran relevancia. No se trata, únicamente, de que se haya banalizado la figura (contando los centros privados, somos alrededor de 110.000 en toda España). Se trata, además, de una pérdida acusada de auctoritas que, probablemente, tiene que ver con la propia configuración de la sociedad actual, donde las instituciones vinculadas con la ejemplaridad van perdiendo progresivamente su legitimidad.

Tiempos líquidos, por tanto. Pero hay que tener cuidado con las generalizaciones. Así como las ciencias puras, permítanme la expresión, mantienen un prestigio indudable porque se han dedicado a lo suyo, es decir, investigar despojando a la libertad de cátedra de cualquier adherencia política, las ciencias sociales y humanas cabalgan hacia su propia destrucción por méritos propios. No se imaginan el impacto que ha tenido en la profesión el valiente y lúcido artículo de Ignacio Torreblanca sobre la borrachera ideológica que sufre alguna politología, española y extranjera, a tenor del procés catalán.

Nada de nuestro momento histórico nos debe sorprender. En el País Vasco había un profesor, proveniente del mundo nacionalista, que comenzaba sus clases con un “soy ateo, marxista y abertzale”. Era lógico: en España, como en el resto de Europa, gran parte del montaje universitario que se inicia con la democracia, tuvo como objetivo recolocar a los líderes revoltosos que desde 1968 venían desafiando la estabilidad sociopolítica. Los nietos de aquellos dirigentes son hoy los adalides de los principales partidos y organizaciones antisistema: hay que ganarse la vida, porque el gran hotel abismo, que en el pasado fue la universidad, es hoy una pensión de mala muerte que apenas da para pagar un alquiler en una ciudad de provincias.

Norman Cohn recordaba en su libro sobre el milenarismo, que en los incendios revolucionarios medievales estuvieron involucrados intelectuales desahuciados, clérigos sin parroquia, frailes exclaustrados, eremitas y artesanos alfabetizados pero empobrecidos, todos ellos familiarizados con las Escrituras y la abundante literatura apocalíptica que circulaba por Europa. Juaristi nos ha mostrado cómo El nombre de la rosa de Umberto Eco, era en realidad un relato con retranca de las batallitas académicas y culturales de una burguesía decadente que buscaba su remuneración en el declinar capitalista. No extraña que el profesor y novelista italiano, advirtiera ya en ese tiempo de la medievalización del mundo.

Las ciencias sociales y humanas están hoy contagiadas de un activismo indisimulado. Hay profesores de universidad –sospecho también que de educación secundaria- que no quieren limitarse a enseñar y trasmitir conocimientos, sino que se ven en la obligación de involucrarse en salvar al mundo. Es posible ver a un constitucionalista en la televisión afirmar “¡hay que volar la Constitución!” o a un conjunto de prestigiosos profesores –lo digo sin ápice de ironía- asesorar a un Gobierno autonómico para llevar un proceso secesionista ilegal hasta sus últimas consecuencias. Podríamos calificar estos comportamientos de frívolos, pero en realidad solo son la demostración de la decadencia de una institución que ha perdido el norte y de unas áreas de conocimiento que no tienen respuestas para resolver los graves problemas que se nos plantean. Ya lo decía Arrabal, el milenarismo está de vuelta.

Tengan ustedes felices fiestas.

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