Juan Claudio de Ramón

Mirlo de juventud

Las ilusiones perdidas y las que sobreviven al diluvio; el glamour de las buenas causas y las servidumbres del idealismo insincero; la ansiedad que produce tener talento y saber que se tiene, pero dudando de poseerlo en dosis suficiente para llegar a un lugar que no se sabe muy bien cuál es; la angustiosa sensación de pensar que cada trago es un cáliz y toda decisión que se toma un testamento; el arropamiento sedicioso del deseo; el doloroso encuentro con el límite.

Opinión

Mirlo de juventud
Foto: Craig Whitehead
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Las ilusiones perdidas y las que sobreviven al diluvio; el glamour de las buenas causas y las servidumbres del idealismo insincero; la ansiedad que produce tener talento y saber que se tiene, pero dudando de poseerlo en dosis suficiente para llegar a un lugar que no se sabe muy bien cuál es; la angustiosa sensación de pensar que cada trago es un cáliz y toda decisión que se toma un testamento; el atropamiento sedicioso del deseo; el doloroso encuentro con el límite.

Estos son algunos de los temas clásicos de la juventud que se dan cita en Cambridge en mitad de la noche, la novela de formación que ha escrito David Jiménez. La protagonizan cuatro jóvenes investigadores –un español, una inglesa, una americana y un mexicano– que saben que a la fugacidad de los sueños habrán de añadir la precariedad del empleo y de su vida de pareja. Los cuatro pugnan por labrarse una carrera académica en una universidad burocratizada que se ha convertido en una licuadora de la energía de una juventud nada ociosa en su momento de mayor élan creador. Sus vidas se cruzan una noche de esa etapa del arco vital que los psicólogos denominan «moratoria psicosocial»: el final del desarrollo lineal de nuestra biografía y el comienzo de una fase de incertidumbre que terminará con la fragua de una identidad estable. De manera más poética Conrad lo llamó la línea de sombra, la difusa marca que separa la fogosa provincia de la juventud de la región templada de la edad adulta.

Novela de campus, no necesariamente castiza (como pedía Javier Marías) a la que yo no sabría poner reparos, salvo el hacerse un poco corta, fruto de la simpatía que he tomado a cuatro personajes de los que hubiera querido saber más. (En particular de Jane, prototipo de la chica de la que me enamorisqué una y otra vez durante mi bobalicona y taciturna adolescencia). Por lo demás, y aunque tuviera noticia de ello, acongoja saber de las horcas caudinas en las que se ha convertido hoy el emprendimiento de una carrera académica, cuyas penalidades son el trasfondo de la historia. Como ese mirlo que aparece en la novela y que, al igual que en la canción de Paul McCartney, debe aprender a volar con las alas rotas.

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