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Mis paraísos artificiales

La Pantera Rosa, que nunca estuvo en la vida hasta que nosotros aparecimos en ella, es nuestro emblema de la vida: un milagro extraterrestre

Foto: amazon.com

Me he enterado, con su muerte, de que el creador del pastelillo Pantera Rosa se llamaba desagradablemente Pujol; aunque este, a diferencia del otro y su estirpe, se contaba entre los benefactores. Su obra ha sido como las de la cultura popular: ha rodado anónima, dando alegría, proporcionando placer, otorgando sentido. Y ahora que desaparece físicamente el autor, aparece su nombre: Josep Pujol. Bendito seas.

Hace unos años volví a consumir los pastelillos de mi infancia y fui consciente, ya con el paladar experimentado, del prodigio. Sobre todo el de la Pantera Rosa: ¡qué artificialidad absoluta! ¡Pura invención humana! ¡Un sabor ‘arrancado’ de la nada literalmente! Estaba entonces pujante la Generación Nocilla –unos literatos adscritos a esa pringue marrón, así fueron sus obras– y caí en que era la Pantera Rosa la que cumplía sus premisas mutantes o ‘afterpops’; pero no tuvieron el coraje de llamarse Generación Pantera Rosa. Un vanguardismo achicado.

Vanguardista era la chavalería del ‘baby boom’, atiborrada de gloriosa bollería industrial y que esgrimía piezas que prefiguraban El Bulli y que podrían estar en cualquier museo de arte contemporáneo: ¡además de la Pantera Rosa, el Bony, el Tigretón, el Megatón, el Bimbollo, el Bollycao, los Donuts, los Bucaneros, los Tronkitos, los Phoskitos (regalos y pastelitos)! Esos fueron mis paraísos artificiales, tan artificiales (¡sofisticadamente artificiales!) como paradisíacos. Aquellos arrobamientos en el recreo, de aislamiento y viaje interior con las dulzuras demoradas y al mismo tiempo fugaces, chutazos de azúcar ultraprocesada, éxtasis multicolor, navegaciones cerebrales que postulaban un alma, nuestra astronáutica alma infantil.

Decía Borges que todos los viajes son espaciales, y de igual manera todos los sabores son químicos. Pero qué maravillosa la química exenta, como acentuada, de aquellos festines pasteleros que dejaban un rastro de dedos manchados y envoltorios, los plastiquitos crujientes como capas de crisálida. Y junto con los pastelillos, las golosinas y demás manjares de kiosco: el chupachups Kojak, los chicles Kosmos y Bazooka, el Palote, el Drácula, el Lolipop, los Fresquitos, los poloflanes (¡esculturas de hielo, de paleta botticelliana!), y en la cúspide los Peta Zetas y los Gusanitos (¡imprescindible la aportación del glutamato!).

Somos así Prousts estrafalarios, que en vez de la elegante magdalena tenemos todo ese arsenal chillón, puede que poco presentable. Pero de ahí venimos y ahí llegamos cuando nos ponemos a recordar. La Pantera Rosa, que nunca estuvo en la vida hasta que nosotros aparecimos en ella, es nuestro emblema de la vida: un milagro extraterrestre.

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