Amando de Miguel

Miseria del terrorismo infantil

El último y más estremecedor episodio de la explotación de los niños es el de convertirlos en terroristas y, por si fuera poco, en candidatos a suicidas. Son sus mismos padres quienes los lanzan a esa despiadada y siniestra aventura.

Opinión

Miseria del terrorismo infantil
Amando de Miguel

Amando de Miguel

Sociólogo español, colaborador habitual de medios de comunicación. Es catedrático emérito de Sociología de la Universidad Complutense. Realizó estudios de postgrado en la Universidad de Columbia y ha sido profesor visitante en las de Yale y Florida y en El Colegio de México.

El último y más estremecedor episodio de la explotación de los niños es el de convertirlos en terroristas y, por si fuera poco, en candidatos a suicidas. Son sus mismos padres quienes los lanzan a esa despiadada y siniestra aventura.

El último y más estremecedor episodio de la explotación de los niños es el de convertirlos en terroristas y, por si fuera poco, en candidatos a suicidas. No son niños robados o abandonados, sino que son sus mismos padres quienes los lanzan a esa despiadada y siniestra aventura. Como puede verse, el fanatismo no conoce límites. Los terroristas occidentales no han llegado nunca a esa aberración.

El esquema es diabólicamente racional. Resulta poco menos que imposible aplastar a los terroristas cuando son niños. Ocurre algo parecido cuando son mujeres, igualmente explotadas hasta la muerte. De poco vale el consuelo de llegar así al martirio o de que la familia del suicida reciba un subsidio.
Que todo esto ocurra en Siria, a los europeos nos debe llenar de especial turbación. Esa tierra está en el origen de nuestra cultura, donde se creó el alfabeto primordial, del que se deriva el latino. Hoy es el sistema de símbolos extendido a todos los continentes. Europa era el nombre de una princesa siríaca que fuera raptada por Zeus, bajo la apariencia de un toro blanco.

Vuelvo otra vez los ojos para contemplar atónito la imagen del muchacho fanatizado, dispuesto a morir matando de modo indiscriminado. No parece que esté alegre. Más bien lo veo con la mirada perdida. No me vale la excusa de que la mayor parte de las noticias que nos llegan del exterior son de índole violenta. El caso que nos ocupa es particularmente desagradable, aunque no veamos la escena de cadáveres despanzurrados. El niño ya la ha interiorizado. Sabe que no podrá concluir la escuela y que nunca más saldrá al descampado a jugar al fútbol con sus amigos. No sé si le habrán revelado que en el Paraíso no hay fútbol.

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