Juan Bonilla

Misión a las estrellas

«Se diría que la época se lo ha puesto fácil a los científicos para que sucedan a los cocineros como gremio llamado a alcanzar las estrellas»

Zibaldone

Misión a las estrellas
Foto: Mary Altaffer| AP

Diría que una buena manera de tasar la temperatura de los tiempos por los que a uno le toca pasar es ver a qué profesión se le adjudica la condición de estrella. Naturalmente entran en esta liza profesiones y disciplinas que no habitúan a colocar en el estrellato a sus practicantes, de donde haya que prescindir de las gentes del espectáculo -artes y deportes y televisión, quizá también política- porque de lo que se trata es de hacer sitio en ese cielo a quienes están fuera de esos círculos. Porque de lo que se trata precisamente es de lograr la alquimia de convertir en espectáculo lo que no lo era ni tenía visos ni necesidad de serlo.


En mi tierna adolescencia hube de padecer, sin duda por la pertinente frivolidad de los años ochenta, la espídica proliferación de los arquitectos estrella. ¿En qué consistía esa cualidad que convertía a una profesión determinada en la legítima propietaria de esa condición sideral? En darle una visibilidad pública que hasta entonces, seguramente en defensa propia de la disciplina misma, no había tenido o no había querido tener porque no la necesitaba: su público estaba compuesto de especialistas y colegas, disponían de sus publicaciones profesionales, servían al mundo -de hecho: construían mundo- sin dejar que el mundo se asomara a sus estudios, la opinión del público resultaba cosa enteramente prescindible para sus ejercicios. Pero esa visibilidad repentina llevaba a que todo el mundo -entiéndame, eso que llamamos «todo el mundo» y que en realidad es un porcentaje menor pero significativo de la población, lo suficientemente significativo como para que opere «la parte por el todo»- hablara de ellos, valorara sus trabajos, pareciera entender de repente de arquitectura. Y ello porque los arquitectos -algunos arquitectos, claro, representantes escogidos de la disciplina, por sus éxitos internacionales o su fotogenia- concedían entrevistas en publicaciones y programas en los que antes no solían mostrar el menor interés en una disciplina como la arquitectura. Editoriales independientes lanzaban al mercado títulos como «Nueva arquitectura española» que era una recolección de entrevistas con arquitectos que navegaban de los treinta a los cincuenta años. En los colorines de los periódicos, rara era la semana que no se le hacía un reportaje a un arquitecto. Naturalmente ahí les preguntaban no sólo por sus obras, sus proyectos, su concepción de la vida, sino también si hacían vida sana, qué leían, cuantos toques podían darle a un balón sin que cayera al suelo y ese tipo de cosas que nos revelan que detrás de una gran personalidad hay un ciudadano que además de obras maestras hace flexiones, cocina, duerme poco. Ya saben, en fin, esa ganga del periodismo según la cual haber escrito «Lolita» o haber filmado «Espartaco» permite a un periodista hacer la gran pregunta que todo el mundo quiere ver impresa: ¿qué ha desayunado el maestro esta mañana?

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Foto: Kamran Jebreili | AP

Después, en los años noventa, cuando empezaban a temblar algunos de los puentes de alguno de los arquitectos estrella de los ochenta, y la arquitectura parecía estar más cerca de la escultura que del arte de vivir, le llegó el turno a los jueces. Los jueces estrella. Debió ser un gran alivio para la arquitectura ese agigantamiento del interés del público en esos otros seres hasta entonces enigmáticos, de quienes no sabíamos mucho, ni conocíamos sus rostros ni sus costumbres. Pero dice mucho de nuestro propio tránsito que después de hipnotizarnos con fachadas espectaculares e interiorismos varios, nos hechizaran esas criaturas que se ponían al mando de una investigación peligrosísima, que embarcaban en naves llenas de cocaína o encabezaban, sin echar mano de atajos que copiaban la arbitrariedad asesina del enemigo, la lucha contra los terroristas. Nos enteramos de que tal juez leía novela negra antes de dormir y tal otro sólo ensayos filosóficos modernos -lo que terminaría notándose en su prosa ilegible-. Nos enteramos de lo que desayunaban, de cuánto ligaban, de cómo consiguieron dejar de fumar. Pero estaba más que cantado que la maquinaria de la comunicación de masas, después de elevarlos a los altares de la heroicidad, pronto buscaría una nueva profesión a la que alzar al estrellato. Después de la arquitectura y la judicatura había que buscar un nuevo gremio: le llegó el turno a los cocineros. Íbamos a tener cocineros estrella hasta en la sopa, por decirlo con un chiste. Como en los otros casos, un ejemplo particular comunicó su energía y electricidad a todo el gremio -no sé si en el caso de los arquitectos fue Bofill o Calatrava o quién, en el caso de los jueces puede que fueran Garzón o Bermúdez, pero no hay duda de que en el caso de los cocineros la electricidad partía de Ferran Adriá y su mítico El Bulli. La cocina española -como antes la arquitectura española o la judicatura española- llegó a la portada del New York Times, ese periódico local que tiene que decirnos lo que nos pasa para que nos lo creamos. Y ya ven, el estrellato de la alta cocina llegó a la popularización extrema, hasta el punto de que hay hasta programas concurso para niños -cosa que, creo, pero no estoy seguro, jamás pasó con la arquitectura ni con las leyes, aunque hay que reconocer que no nos hubiera venido mal.

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Foto: Bernat Armangue | AP

¿Cuál sería la próxima profesión que alcanzara el estrellato? Se diría que la época se lo ha puesto fácil a los científicos para que sucedan a los cocineros como gremio llamado a alcanzar las estrellas. Pero me temo que la pregunta empezó a perder pie en el océano de las cosas desde el mismo momento en que, con los avances de la tecnología y la red como canal soberano por el que discurre el espejismo de la realidad, empezamos a padecer estrellas que no eran otra cosa, que no se dedicaban a otra cosa que a ser estrellas. Ser estrella se convirtió en profesión. Lo adjetivo se sustantivó. No es que consuele lo más mínimo saber que eso no sólo pasó en España, sino que pasa en todas partes. De donde ahora padezcamos esta impertinente frivolidad de que las estrellas puedan elegir profesión, siempre y cuanto esta -da igual, decoración o diseño, literatura o gimnasia- sea posterior al estrellato de quien se decide, como por capricho o imperiosa necesidad expresiva de su alma, a ejercerla. Por eso para ganar el premio Planeta o el Espasa de poesía, por decir algo, el primer paso que te recomendará cualquier agencia literaria consistirá, no en escribir una buena novela comercial o una cascada de poemas sentimentales, sino en presentar un programa de televisión o tuitear delicadas cursilerías que te procuren la cabalgata de hinchas que fija hoy el fulgor de las estrellas. Evidentemente no hay, por supuesto, evidencia alguna de que la novela de un presentador de televisión vaya a ser peor que la de un novelista profesional, si es que tal profesión existe. Ni hay evidencia de que entre las romantiquerías de un tuitero no se cuele alguna frase memorable mientras que en muchos libros de poemas de poetas profesionales, que sí debe ser un oxímoron, no haya una sola pieza que merezca que nos paremos a cerrar la página a ver si en el cuerpo se nos ha sembrado algún enigma. Lo que sí parece indiscutible es que al editor de presentadores de televisión e influencers, esa posibilidad de que lo que publica tenga además de un público asegurado, alguna calidad, alguna calidez, le parece un efecto colateral, un añadido a posteriori de la recepción de la cifra de ventas.

Sólo cabe un consuelo: la luz que contemplamos de más de la mitad de las estrellas que brillan en el cielo de esta noche, procede de astros que hace mucho que murieron.

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