Lorena G. Maldonado

Mitomanía homosexual: los hombres que no admiran a mujeres

Los mitos en la vida adulta tienen algo de bochornoso: hacen del hombre lógico un animal adorador, un adolescente tardío, un gilipollas reverencial. Pasión sin criterio entre las piernas, calentón de niños grandes. Recuerdo que yo di el estirón -y adquirí conciencia de mí misma, y entendí que nadie vendría a socorrerme- el día que descubrí que mi padre no era Dios. Tenía siete años, me caí corriendo detrás de un pato que se escapó del corral -porque además de mitómana era salvaje- y se me abrió una brecha escandalosa en la rodilla izquierda. No me cabía en la cabeza que él no pudiera cerrarla con una simple imposición de manos. Total, esas cosas a los hombres mágicos no les cuestan tanto. Sólo había que <em>querer</em>. No pasó; y a partir de esa hostia me vi hasta distinta en el espejo. Era más libre. Con aquel trozo de carne roto me huyeron las divinidades. Y no parece que planeen volver.

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Mitomanía homosexual: los hombres que no admiran a mujeres
Lorena G. Maldonado

Lorena G. Maldonado

Abogada y periodista. Cuando quiere excusarse a sí misma, usa una frase de Alvite: &quot;Eres un personaje, nena, y los personajes no merecen un reproche, sino una crítica literaria&quot;.

Los mitos en la vida adulta tienen algo de bochornoso: hacen del hombre lógico un animal adorador, un adolescente tardío, un gilipollas reverencial. Pasión sin criterio entre las piernas, calentón de niños grandes. Recuerdo que yo di el estirón -y adquirí conciencia de mí misma, y entendí que nadie vendría a socorrerme- el día que descubrí que mi padre no era Dios. Tenía siete años, me caí corriendo detrás de un pato que se escapó del corral -porque además de mitómana era salvaje- y se me abrió una brecha escandalosa en la rodilla izquierda. No me cabía en la cabeza que él no pudiera cerrarla con una simple imposición de manos. Total, esas cosas a los hombres mágicos no les cuestan tanto. Sólo había que querer. No pasó; y a partir de esa hostia me vi hasta distinta en el espejo. Era más libre. Con aquel trozo de carne roto me huyeron las divinidades. Y no parece que planeen volver.

Es higiénico derribar las propias fábulas; asumir que ningún ser humano es absoluto. Di que Fresas salvajes, de Ingmar Bergman, tampoco era para tanto. Di que hay poemarios de Luis Alberto de Cuenca de los que uno sólo consigue rescatar dos perlitas en los veranos gentiles. Es más placentero vivir sin mirar hacia arriba. O mirando sólo de reojo, sabiendo que todo puede caerse. Vamos. Quitemos los pósters. Adiós, Gay Talese. Todos-los-héroes-se-están-deshilachando.

Lo que sí me deja rota de un amplio sector de los férreos devotos culturales -hombres- es que no paren de felársela entre sí -¡vivos, muertos!-, pero les cueste sudor y sangre lamer intelectualmente a una mujer. A ellas les dicen «estoy orgulloso de ti»; o las valoran como hembras inteligentes si las desean primero; o les sonríen con indulgencia mientras las dejan fuera de su círculo. Qué extraña esta barrera: se matarían por dormir en la axila de Borges, pero ¿cuántos fantasean con escribir como Idea Vilariño? ¿O quizá ese ansia de querer hacer algo como una mujer repercutiría en su idea de masculinidad? Es la mitomanía homosexual de los mismos niños que a los quince años no eran capaces de darse un beso con un amigo en el autobús del colegio ni para ganar una apuesta. «Porque no somos maricones», recuerdo que decían; los estúpidos.

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