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Monarquía y fecundación

Coincido con Jon Juaristi cuando señala que la monarquía parlamentaria en España es accidental. Lo explica con meridiana claridad en su libro A cuerpo de rey: tras la II República y la Guerra Civil, Franco instauró una especie de reino visigótico en el que él ejercía de monarca elegido por sus pares (generales) desde el 1 de octubre de 1936 en Salamanca. La sucesión en la persona de Juan Carlos fue además un acto libérrimo que recordaba a la pauta revolucionaria seguida por Hermenegildo y Recaredo para salvaguardar la unidad católica de la nación. Sin embargo, la Constitución de 1978 incorporó la jefatura del Estado en la persona del rey no solo como una herencia de la que era difícil deshacerse en las complicadas circunstancias de la Transición, sino como búsqueda verdaderamente ciega de una cultura política que por fin permitiera dar estabilidad y sosiego a la democracia naciente.

Por ello, no me convence el argumento que justifica la monarquía solo en la existencia de democracias consolidadas y exitosas como el Reino Unido, los países nórdicos o Japón. Resulta atendible el argumento de Pablo Iglesias Turrión que, desde el punto de vista de la legitimidad, impugna la llegada a la jefatura del Estado desde el principio de fecundación. Azaña decía que la república es la forma política de la razón: ¡cómo rebatir tan brillante definición! En la justificación de la monarquía parlamentaria entran entonces en juego otras elementos, como la continuidad del Estado, la neutralidad institucional, el poder de los símbolos o la limitación del faccionalismo, que favorecen una integración funcional e histórica que no siempre es capaz de conseguir la plena democratización de todos los órganos constitucionales.

En tal sentido, parece que aún no hemos caído en la cuenta de que, como he indicado más arriba, las formas políticas solo logran trascender si se erigen sobre una cultura cívica que las sostenga. Para la II República española vale lo mismo que Constantino Mortati detectó para el caso de la República de Weimar, que ahora cumple un siglo: pusimos en marcha una república sin republicanos. Iglesias Turrión, que procede del mundo universitario, seguro que ha llegado a tener noticia de los comportamientos monárquicos y absolutistas que suelen producirse en su seno y que desgraciadamente no son ajenos a otras relaciones sociales. No deja de sorprender, en tal sentido, que sea precisamente la comunidad universitaria uno de los lugares donde uno suela encontrarse con mayores simpatías hacia la causa republicana en nuestro país. Será que se cumple el viejo refrán escolástico de que se puede estar a Dios rogando y con el mazo dando.

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