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Morirse con fe

Foto: @cloudsdealer | Unsplash

Desconocida sonríe cuando llegamos, nos da dos besos, pone la mesa junto a sus hijas, se levanta para ir al baño, habla como una más sobre su plato. Nada extraño en su conducta, que es la de costumbre. Parece una noche como todas las que han sido y las que vendrán. Pero en los postres Desconocida nos cuenta que su cáncer ha empeorado. La metástasis ha colonizado su cerebro de cincuenta y nueve años. Lo relata con sufrimiento, pero su rostro irradia calma. Una calma que no es impostada, sino fruto de un proceso interior que intuimos quienes tragamos saliva al otro lado de la noticia. Desconocida duda, tiene miedo, piensa en el ataúd, espera a veces el milagro de una sanación repentina, su vida pasa ante sus ojos. Y reza. Sabe que se acerca el momento para el que lleva preparándose toda su vida, como creyente. Porque Desconocida tiene fe. Es de esas pocas personas que pierde su tiempo en cosas que este siglo menosprecia. Algo tan antiguo como entrar en una iglesia para doblar el cuerpo y cerrar los párpados.

La gente sin fe se piensa que la fe tiene un efecto analgésico. Que duerme el dolor y seda el pánico. Que quien tiene su esperanza puesta en la otra vida desatiende esta otra. Pero la fe no niega la incertidumbre. La carne del creyente se rebela ante su fin lo mismo que la del incrédulo. Es idéntico el dramatismo frente al fin inexorable. Lo que distingue a Desconocida de un incrédulo es el horizonte que esconde bajo los párpados. Más que un muro, la muerte es para ella un Misterio. Y ella, antes que una heroína, es testigo de la resurrección, pues ha experimentado en esta vida que echará de menos que, en el momento del amor, la muerte nos da la espalda. La fe no es nada abstracta: se manifiesta en la biografía, históricamente. Tiene carne y suda y tiembla y a veces se apaga como una vela sin mecha pero a la hora de la verdad vence al argumento de la carne asustada porque uno ya ha degustado en muchos instantes el sabor de lo eterno. Desconocida mira la realidad que la rodea y ve la semilla de la esperanza. Sus hijos, los nietos, los combates bíblicos que ha pasado con su marido, su historia entera está preñada de expectativa. Si echa la vista atrás, algo le ha sostenido; si la dirige hacia delante, aunque con miedo, sabe que algo la sostendrá.

Morirse con fe es también una tragedia. Pero la muerte, por motivo de la fe, no interrumpe la vida de quien sabe que va a morirse en poco tiempo. Desconocida pasea por el barrio, abre la puerta a sus hijas cuando llegan y le preguntan cómo estás, en qué puedo ayudarte, va y regresa del hospital cada semana, le da la mano a su marido, que la mima y la acompaña hasta el misterio y asume poco a poco quedarse al otro lado, en la trampa de la ausencia. Desconocida sufre, no se hace la fuerte cuando la vemos, pero es evidente que la perspectiva de la muerte no ha destruido un ápice de su esperanza, y que su vida no se ha caído, sigue en pie como una rosa que se inclina hacia la luz de la ventana. Una rosa que huele a vida eterna.

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