Andrea Fernández Benéitez

Morritos y cartílagos

«La recurrencia con la que se ridiculiza a las mujeres en los medios de comunicación es asombrosa y, sobre todo, es violenta»

Opinión

Morritos y cartílagos
Foto: Carlos Barria| Reuters
Andrea Fernández Benéitez

Andrea Fernández Benéitez

Nació en Valencia de Don Juan, localidad leonesa en la que ha residido toda su vida. Es graduada en derecho y cursó también máster en abogacía. Ha ejercido como abogada laboralista hasta abril de 2019, momento en el que fue elegida diputada del PSOE de León con tan solo 26 años.

«Yo mismo, y estoy seguro de que muchos comparten mi sentir, preferiría tener comercio carnal con un dromedario a tenerlo con una de estas damas (…)». Este es solo un pequeño extracto de un artículo que publicaba el pasado sábado El Mundo en uno de sus suplementos. En concreto, la cita hace referencia a la pareja del presidente del Gobierno y a las mujeres que componen el Consejo de Ministros. Sin duda, estamos ante unas afirmaciones aberrantes que dicen más de quien las profiere que de quien las recibe, pero es agotador seguir leyendo de tanto en cuanto este tipo de contenido desde diferentes medios de comunicación. 

El debate sobre la libertad de expresión es muy amplio y admite muchas posturas y matices, sin embargo, esa no es la cuestión. Con estas líneas no pretendo censurar este tipo de textos, sino más bien plantear algunas reflexiones. La primera de ellas tiene que ver con que en 1948 se promulgara la Declaración Universal de los Derechos Humanos, texto jurídico que supuso un paso de gigante en la concepción positiva del ser humano y en cuyo primer artículo se habla de la dignidad humana. Su importancia es tal que la mayoría de las constituciones occidentales posteriores beben de ella. Digo esto porque entiendo que más allá de la ideología o preferencia de cada persona, hace mucho tiempo que la humanidad, pese a todo, cuenta con marcos comunes de convivencia que se supone que aceptamos como válidos; como base común sobre la que relacionarnos y convivir. Es evidente que nombrar a varias mujeres para cosificarlas, compararlas y denigrarlas asimilándolas a un animal tiene poco que ver con haber interiorizado de la mencionada dignidad universal. 

Es curioso, pero más de setenta años después de que la Asamblea de Naciones Unidas se pusiera de acuerdo sobre el hecho de que todos los seres humanos nacemos iguales en dignidad, siguen existiendo miles de hombres con el poder y la libertad suficiente como para emitir este tipo de mensajes desde medios de comunicación sin pasar ni por un sonrojo de sus compañeros -es innegable que las estructuras de compadreo y apoyo inherentes al patriarcado funcionan a la perfección-. No se trata de legislar para modular líneas editoriales o contenidos, sino de reclamar atención sobre lo que supone para una sociedad democrática que existan hombres con el poder suficiente como para escribir contenido abiertamente misógino en uno de los medios de prensa escrita más importantes de este país. 

Estoy segura de que muchas personas me dirán que no merece la pena conceder protagonismo a este tipo de sujetos, y es cierto. No lo haría si no estuviéramos cansadas de este goteo incesante de humillación, porque este no es más que un ejemplo de una práctica que es más que habitual: desde los morritos de Leire Pajín hasta la figura de Melania Trump pasando por expresiones cosificadoras como «drogas, alcohol y mujeres». Es exasperante que los derechos humanos de las mujeres sean ignorados y que se siga apelando a nuestra paciencia para avanzar en algo tan poco tolerable como, por ejemplo, dejar de leer vejaciones hacia la mitad de la población. ¿Qué pasaría si esto mismo se escribiera de cualquier grupo de personas socialmente desfavorecido? ¿Por qué en el caso de las mujeres esto se asume y hasta se acepta casi como inevitable?

Es terrible que aún exista espacio para discursos que tienen por objetivo situar a las mujeres en un marco que nos representa como simples elementos a los que se califica y valora por su aspecto, un marco que sirve para despersonalizarnos y, en último término, para perpetuar la concepción machista de las mujeres. La recurrencia con la que se ridiculiza a las mujeres en los medios de comunicación es asombrosa y, sobre todo, es violenta, y lo es porque contribuye despersonalizarnos y a legitimar y mantener una opresión que se cobra vidas.

Me atrevo a afirmar que lo que espera una sociedad avanzada, formada y democrática de cualquier medio de comunicación es información, editoriales u opiniones que aporten visiones útiles y constructivas; que reflejen la realidad del mundo complejo y plural en el que vivimos, lo cual tiene poco o nada que ver con presentar a las mujeres como objetos.  

Mientas finalizo este texto, se confirma la primera asesinada por violencia machista de este 2021. 

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