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Mortal y Umbral

Foto: Paul White | AP

Umbral murió hace diez años y a fe que le sigo echando de menos. Fue el primer escritor al que imité, algo por cierto no muy difícil, porque los genios son fácilmente parodiables (lo que es imposible de plagiar es la mediocridad). Luego esa voz me cansó, y hasta preferí registros opuestos, pero Umbral nunca dejó de ser uno de mis héroes. Yo era de esos que hubieran comprado el periódico sólo para leer su columna, que despachó a diario durante décadas, como quien da alpiste a pájaros adictos que saben que si faltan a su cita pueden perderse un artículo hecho en alejandrinos.

Lo que nos pasaba con Umbral lo describió bien Juan Bonilla: a menudo una sola frase podía eclipsar la pieza entera o todo un libro. Bonilla ponía un ejemplo: algo, no importa qué, era «monumental como un vaso de agua». Hace tiempo que no abro un libro suyo, pero mi memoria conserva varios de esos fogonazos. En un paso, creo que de Trilogía de Madrid, Umbral está en un taxi con una admiradora. El taxi se detiene y ella desciende, no sin antes regalarle al maestro su bufanda. El taxi reanuda su marcha y Umbral arroja la prenda por la ventanilla, que queda «vibrando en la noche como un murciélago muerto».

El personaje me interesaba menos pero agradecía que existiera (a los «personajes», en su justa medida, también los necesitamos). Para mí lo importante era abrir algún libro por cualquier página y no tardar en tropezar con hallazgos que nunca faltaban. «Caballos de crin celeste», «ola larga y lenta de luz», son aliteraciones prendidas de la memoria. Es cierto que en sus libros nunca pasaba nada salvo el estilo, y de ahí su enfrentamiento con los «angloaburridos» Marías y Pérez-Reverte (a Benet, en cambio, le respetaba). Nunca sentí la necesidad de escoger. Ambos tipos de escritores han existido desde siempre: los que están en posesión de una prosa perfecta pero no tienen gran cosa que decir, y los que tejen historias sin parar pero deben trabajarse la sintaxis. No es que Umbral no tuviera ideas, que las tenía, pero al final su arte era primariamente verbal (quería «escribir la escritura»). A la postre eso condena a un escritor a ser menos leído y raramente traducido.

Luego está la catedral lírica de «Mortal y rosa», el diario del año en que murió su hijo de leucemia, con tan solo cinco años. Parece que ahora se estila quitar mérito a esta obra. No sé. Es cierto que a veces Umbral ni sabe ni quiere contener un torrente poético que parece no tener más sentido que el de deslumbrar. Pero, como señala con acierto Fernando Aramburu,  cuando el niño muere a mitad de libro, el solipsismo se evapora y entra el dolor sin sedantes ni dorados («soy el único cadáver de la historia que ha escrito un libro»). Y Umbral, huérfano de padre –era hijo ilegítimo– y huérfano también de hijo, se concentró para siempre en la inutilidad de su escritura perfecta. «Solo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Solo encontré una verdad en la vida y la he perdido».

Como nosotros luego con él, Umbral ya siempre leería el mundo empezando por la última página.

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