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Mossos i Mosses

"Los Mossos eran el último eslabón de un gobierno contra la legalidad"

Foto: Andreu Dalmau | EFE

Tras el 1-O, la policía autonómica de Cataluña quedó señalada como un cuerpo servil, colaboracionista, integrado en la obstinada ruptura con España. Su cúpula de entonces, un círculo de esforzados activistas o logreros, con el mayor Trapero a la cabeza, bailó la mascarada y arruinó la imagen de confianza, de proximidad, de los agentes. La conclusión simplista era que todos y en el mismo grado -la generalización anula siempre cualquier posibilidad de solución- estaban al servicio de la causa independentista. Los Mossos eran el último eslabón de un gobierno contra la legalidad.  

El ministerio del Interior del Gobierno de Rajoy, con Juan Ignacio Zoido al frente, no supo cortocircuitar la sumisión de la cúpula a los mandos políticos ni tampoco buscó aliados en un cuerpo que, con más de 16.000 números, presenta un perfil diverso, al menos tan diverso como la propia Cataluña. Al igual que en la calle, en las empresas o en los periódicos, en la cúpula actual de la policía autonómica catalana menudean apellidos de raigambre mediterránea y de origen castellano (andaluces, murcianos, extremeños, manchegos…). Y a medida que se recorre el organigrama hasta la base, van surgiendo sensibilidades matizadas. La primera mujer en ocupar uno de los más altos grados de responsabilidad en los Mozos de Escuadra, Cristina Manresa Llop (CAP CSUDOC) declaró en un Juzgado de Sabadell por posicionarse a favor del desarrollo satisfactorio del (pseudo) Referéndum del 1-O de 2017. Manresa ejerce en su puesto desde el pasado verano, cuando en la Consellería de Interior afrontaron cambios ante la previsión altamente probable de que amenazaba la ley de la calle en Cataluña. Hablando con algunos agentes que vivieron a ras de tierra el 1 de octubre, surgen historias como la de un mosso criticado por independentista que movió su reloj y enseñó a aquellos que le vociferaban una pulsera con la bandera española.

El viernes 11 de octubre, tres días antes de la publicación de la sentencia del Tribunal Supremo que condenaba a parte del anterior Gobierno catalán por sedición y malversación, Eduard Sallent Peña, el Comissari en Cap de la Prefectura de la Policía Autonómica, distribuyó una carta de aliento y respaldo a los miles de agentes. “Mossos i mosses: “Ens trobem d’avant d’un nou període mobilitzacions massives a Catalunya que van arrencar a principis d’aquest mes d’octubre i que s’allargaran fins a mitjans de novembre”. El máximo responsable de los Mossos acotaba, antes de que se produjera, el periodo de movilizaciones como si se tratara de un competición reglada más que de una algarada imprevisible. Pero en ese mismo documento, Sallent, trataba de evitar suspicacias entre sus subordinados, subrayaba que la policía autónomica cumpliría con las órdenes de jueces y fiscales y que colaboraría, extremando la coordinación, con la Policía Nacional y la Guardia Civil.

El 1 de octubre de 2017 tensó las relaciones entre los propios agentes e impuso un silencio espeso entre compañeros: se decretó la rutina de la desconfianza. Estos días, los Mossos, ya saben de las las consecuencias e importancia de una labor pulcra, ajustada a la ley, ahora que las calles nobles de Barcelona han sido tomadas por el vandalismo y la revuelta.

Los “mossos i mosses”, que doblan turnos bajo el programa Minerva y acumulan libranzas para días mejores, están en esa posición moral que describió John Steinbeck en ¡Viva Zapata! Al llegar al poder, Emiliano Zapata se descubrió, repentinamente, contradiciéndose a si mismo, haciendo todo lo contrario de lo que se había jurado no hacer. Paralizado, Zapata reaccionó, pero sin saber exactamente muy bien como enmendarse. Veremos.

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