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Moviola

Me desperté a las 6 de la mañana y, tras ducharme y vestirme, dudé si ponerme el gorro y la bufanda del Español. Los disfraces no van mucho conmigo, pero corría una alerta por bajas temperaturas y mi amigo Rafa me había aconsejado que fuera abrigado, pues de la estación de autobuses a Mestalla iríamos en su vespa. El caso es que ir de incógnito me pareció más artificioso que lucir los colores de mi equipo. Se me ocurrió entonces que Rafa había aterrizado en Twitter porque, según él, hay ausencias demasiado clamorosas, lo que me condujo a ese aforismo que dice ‘no alardees de humildad: no eres lo bastante importante’. Hay mañanas en que el pensamiento se abre paso como un rompehielos.

Dado que el autobús no salía hasta una hora después, me tomé un café en el bar de la esquina. La camarera que me suele atender se sorprendió al verme, pero no supe si porque era demasiado temprano o por mi bufanda del centenario y mi gorro de lana bordado con el lema ‘La força d’un sentiment’. Los hay peores, créanme. Me dirigí hacia el metro canturreando, con esa estúpida sensación, tan común en los hinchas, de vivir a contrafibra, y que tanto se acentuó en cuanto al traje de indio le sumé, ya en Sants, El País, La Vanguardia y El Mundo con sus correspondientes dominicales. ¡La vieja prensa bajo el brazo, eso sí que es quijotismo! Pero lo que al chófer no le encajó no fueron los periódicos ni la fuerza de mis sentimientos: “Me parece que esto no es aquí… Ajá, esto es en la estación del Norte; mira, aquí lo dice: bar-ce-lo-na-nord”. Imposible llegar. La expresión ‘volver sobre mis pasos’ nunca fue tan literal. Casi me vi marchando hacia atrás, como esos personajes de cine mudo que tan poca gracia me hacían.

De nuevo en el bar, noté que la camarera me observaba con desazón, como se observa a un boxeador vegano o un torero catalán; o qué demonios, como se observa a un seguidor del Español que madruga un domingo para ver a su equipo en Valencia y se equivoca de estación. No hay símil que lo supere. Para entonces ya había avisado a Rafa. “Deberías escribir algo”, me había respondido él. Pero al relato, me dije, le faltarían tres quinientas, un peluco marca omega y un pincho de cocina en la garganta. Me metí en la cama y medité un artículo sobre la figura del doble: el individuo que a esa hora debía haber cruzado la provincia de Tarragona leyendo a Javier Marías, confrontado con su reflejo barcelonés, que ahora ‘apagaba la luz, y luego apagaba la luz’. Mas por mucho que lo intentara, sólo oía al loro del chiste, aquel al que vuelven a tapar a los cinco minutos y respinga: ‘¡Coño, qué día más corto!’. Esta mañana, a eso de las 10, ha llegado la coda: “José María Albert de Paco, muchas gracias por haber viajado en ALSA. Esperamos que hayas disfrutado de tu viaje con nosotros. Nos gustaría que completaras un breve cuestionario para saber qué tal ha ido”.

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