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Muy liberal y muy de Putin: la paradoja Fillon

Si no fuese por lo de Putin… Llega con muchas propuestas atractivas, liberales, de recuperación de la sensatez fiscal, que evocan tiempos gloriosos de Margaret Thatcher, este François Fillon que acaba de colocarse inesperadamente en el papel de favorito para ganar las elecciones presidenciales francesas de 2017 por poco que unos cuantos electores socialistas se tapen la nariz y voten por él en la segunda vuelta. Se da por hecho que el candidato del PS, sea el que sea, incluso Manuel Valls, quedará eliminado en la primera porque el partido está tan mal considerado hoy como el de los socialistas españoles, y Fillon sería el último dique frente a la oleada derechista y racista de Marine Le Pen y su Frente Nacional.

Algo han visto en Fillon los cuatro millones de ciudadanos que han participado -pagando dos euros por el privilegio- en las primarias montadas por el centro y la derecha, es decir el partido renombrado como Los Republicanos -toque yanqui fino, aunque anterior a Trump- para elegir un candidato a la primera magistratura del país. Y, sobre todo, lo han visto muy a última hora: a principios de noviembre los sondeos seguían colocando al supuesto “hombre gris” muy lejos de Alain Juppé y Nicolas Sarkozy, con apenas un 10% de la intención de voto. Y en tres semanas se ha aupado al 44%. Una sorpresa tremenda, cuya explicación no ha quedado todavía muy clara, más allá de ésta: “Los tres debates lo han propulsado”. Unos debates en los que ha rehuido los enfrentamientos con sus contrincantes para centrarse en su programa y en marcar distancias con los socialistas y la extrema derecha.

Católico, padre de familia numerosa, Fillon es a los 62 años un modelo de conservador, de tradicionalista de una Francia profunda que  cree en los valores familiares y sigue resistiéndose a innovaciones como el matrimonio homosexual. Pero ahí empieza a desviarse de un patrón propio del gaullismo y del neogaullismo, que suele creer en un Estado fuerte, jacobino, con una Administración poderosa.

Fillon, que fue durante cinco años el discreto -y a menudo ninguneado- primer ministro del voluble Sarkozy, no sólo se presenta con un programa digno de Thatcher, sino que en tres semanas ha convencido a esa derecha social tradicionalmente poco liberal, con ideas tan radicales como su reducción del gasto público en 100.000 millones de euros, del número de funcionarios en medio millón a lo largo del quinquenio presidencial, de los impuestos a las empresas…

¡Cómo será el hartazgo nacional con el marasmo económico que ha traído el socialismo para que los electores, al menos los de la derecha moderada, acepten esas dosis de austeridad y de reducción del sector público tan poco inscritas en la tradición republicana francesa! Los observadores políticos no dan crédito.

Veremos cómo puede afectar a este triunfador inesperado su idea de que la prioridad internacional es derrotar al islamismo radical y que para ello hay que respaldar a Putin y a Asad en el conflicto sirio. Es una dosis de ‘realpolitik’, probablemente, pero en un candidato que ha hecho del rigor y la ética su bandera esa buena voluntad hacia los carniceros de Alepo puede chirriar. Sin embargo, no olvidemos que Francia es el país más castigado por el infame terrorismo del ISIS, y en su sentir colectivo bien podría cundir el convencimiento de que los enemigos de sus enemigos pueden ser sus amigos.

Pero hay que señalar también con inquietud la euforia que el éxito de Fillon ha desatado en Moscú: los atlantistas están debilitados, aseguran. Y ya van haciendo los de Putin sus cuentas de la lechera: Trump, el agotador Brexit, Fillon… Ven a la Unión Europea, con una Merkel muy sola, más débil ante los planes de Putin, tan meridianemente visibles, de recuperar la hegemonía en el Este de nuestro continente.


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