Antonio García Maldonado

Nada nuevo

La llegada de líderes ultra, ajenos al sistema, se interpretó primero como un hecho insólito, producto de una modernidad desbocada por la crisis y la aceleración del tiempo histórico.

Opinión

Nada nuevo
Foto: Mark Lennihan
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

La llegada de líderes ultra, ajenos al sistema, se interpretó primero como un hecho insólito, producto de una modernidad desbocada por la crisis y la aceleración del tiempo histórico. Después, con la recuperación aparente y algo más de calma y perspectiva, los análisis comenzaron a hablar de semejanzas entre esos líderes y los de los años de entreguerras. El tiempo transcurrido entre 1918 y 1934 habría estado lleno de episodios similares a algunos vividos durante la crisis europea. Así, se invocó el error del Tratado de Versalles –que en 1919 impuso severas reparaciones de guerra y pérdida de territorio a los alemanes– cuando se exigió unos programas de recortes y austeridad a los países del sur de Europa, con especial saña contra Grecia.

La desestabilización de los sistemas políticos occidentales, ahora más atomizados e impredecibles, también fue analizada primero como algo inusual en la historia. Pero, de nuevo, con el tiempo empezamos a ver que ya hubo otras crisis iguales o peores que las actuales de la socialdemocracia, del conservadurismo clásico o del liberalismo político. Los hombres fuertes de hoy –Xi, Putin, Erdogan u Orban– palidecen ante los que la humanidad padeció en los años 30 del pasado siglo.

Cada momento histórico es único, y forzar las semejanzas es un ejercicio absurdo. Aunque negarlas, también. El pasado nos conforma y nos influye (“puede que hayas terminado con tu pasado, pero tu pasado no ha terminado contigo”, dice uno de los personajes de Magnolia, la película de Paul Thomas Anderson). La mirada crítica y escéptica sobre el presente es inútil sin una mirada igual de crítica y escéptica hacia el pasado. Pero, con todas las cautelas, debemos admitir que existen lecciones históricas.

Por tanto, todas las alertas tempranas que han saltado respecto a la posible deriva autoritaria de los gobernantes ultra que consiguen el poder no dejan de ser –incluso en su exageración– un síntoma de salud cívica. Una reacción casi instintiva, dado que la última vez que empezamos así Europa puso 50 millones de muertos encima de la mesa. Mejor pasarse que no llegar.

Lo que sorprende, en cambio, es la amnesia histórica que rodea al discurso económico. Echarse en brazos de la tecnología, no admitir ni prevenir los desequilibrios que la revolución digital ya crea, no alarmarse ante la precariedad, la creciente desigualdad o la angustia fiscal de los Estados de bienestar, admitir todo eso como el precio a pagar por la competitividad, es puro siglo XIX, el insostenible laissez-faire de la Segunda Revolución Industrial. Aunque ahora los ejecutivos vayan en sudadera y monopatín, no es nada nuevo. Precisamente el origen primigenio de todo lo que vino después y que sí parece alarmarnos.

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