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Nadar

Pasé los días de mi infancia y mi adolescencia en remojo. Nadaba. Nadaba todos los días, a excepción de los domingos. Entrenaba varias horas, en la piscina. Y varias horas más en el gimnasio, haciendo pesas y circuitos. Había empezado de pequeña. Mis padres querían que mis hermanos y yo practicáramos un deporte y, aunque a Mario y a mí lo que nos gustaba era el fútbol, pensaron que el mejor era la natación. 

En pocas semanas los cursillos se me habían quedado pequeños y me mandaron a competición. Y allí empecé a echar horas. Varias veces a la semana teníamos “doble”, así que entrenábamos muy temprano, antes de ir al colegio. Pasaba tanto sueño que, cuando llegaba a clase, me dejaba vencer por el cansancio sobre el pupitre, siempre con la connivencia de algún profesor compadecido. Por la tarde regresaba a la piscina para volver a casa ya de noche, arrasar la nevera y tirarme un rato en el sofá antes de irme a la cama. ¿Qué cuándo estudiaba? Bueno, simplemente, no estudiaba.

Mi club era el Canoe. Nadábamos en la piscina que llamábamos del “globo”, que no era sino la piscina de verano, que durante invierno cubrían con una capota de plástico. La cubierta tenía varias acanaladuras, de forma que dejaba pasar el viento, y también la lluvia y el granizo, cuando acontecían. En invierno hacía frío, así que nos llegábamos a la piscina, desde el vestuario, enfundados en una sudadera y con la toalla enrollada, a modo de faldón, a la cintura. El momento de despojarse de las ropas para saltar al agua era dramático.

Pero, para mí, lo peor era madrugar para entrenar los sábados. A primera hora de la mañana, el contraste de temperatura entre la atmósfera gélida y el agua moderadamente climatizada generaba una niebla densa en la piscina. Yo aprovechaba la escasa visibilidad para vaguear al final de la calle, donde la vista de mi entrenador no alcanzaba, arañándole cincuenta metros al entrenamiento. Aquello me parecía una canallada: los  fines de semana debían ser para salir con los amigos y dormir hasta el medio día. Solo lograba resarcir el padecimiento de los sábados con el gofre que engullía a la salida.

Fueron también años de bursitis, tendinitis, epicondilitis y condromalacias. Y de aprender lo que era la pata de ganso, que al principio me sonaba muy gracioso, pero que después se convirtió en la causa de grandes dolores. El peaje de ser bracista. Todavía hoy mis rodillas se acuerdan y lamentan de aquellos largos entrenamientos en los días borrascosos.

Ciertamente, estaba hasta los huevos de nadar, pero tenía esa timidez propia del adolescente que me impedía decírselo a mis padres. La natación se me hizo más y más pesada cuando me enamoré de un chico, en la medida en que el deporte me restaba tiempo para verle. Hasta que, por fin, reuní valor para decirle a mi madre que lo dejaba. Lo hice. Después de toda una vida, dejé de nadar. Me metí a un equipo de fútbol, donde los entrenamientos me parecían un chiste desde el punto de vista de la exigencia física. Y nunca lo echo de menos.

Hasta que llegan los Juegos Olímpicos. Entonces veo el desfile de bañadores deslizantes; oigo el sonido, siempre el mismo, del crono marca Omega; miro el calentamiento de los nadadores, junto al poyete de salida. Y luego mido sus brazadas, y sus volteos, y sus submarinas. Y durante dos semanas solo quiero nadar. Nadar hasta el domingo. Nadar de lunes a sábado. Y, después, comerme un gofre.

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