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Nadie sabe mejor lo que es un español que un francés

Foto: Rocío Peralta

Tanta bandera colgada alrededor de casa me ha dado apetito de cosas españolas, así que hoy, después de escuchar cómo zumba la aviación por encima de mi cabeza, me iré a ver Carmen al Real, porque nadie sabe mejor lo que es un español que un francés.

Los libretistas de Bizet cogieron la novela de Mérimée y la apañaron. Hace no mucho encontré en una librería un textito del susodicho titulado Cartas de España. El índice es sintomático: las corridas de toros, una ejecución, los ladrones, las brujas españolas. Los viajeros europeos venían a España porque pillaba más a mano que China o Japón: gente exótica detrás de los Pirineos. El comentario a la ejecución es delicioso: comienza explicándole a su lector que ha ido a ver los toros y que, ya metido en faena, se ha acercado a ver un ahorcamiento. El reo es un majo, «un dandy de clase baja y un hombre demasiado puntilloso en cuestiones de honor». Ha apuñalado a un alguacil por un asunto de faldas. Después de un proceso largo («pues las formas de la justicia son aún más lentas aquí que entre nosotros») el majo va a terminar en el patíbulo. El trayecto que va de la cárcel hasta la soga tiene todos los elementos que una buena crónica requiere: la oficialidad, la religión de Trento con sus oscuridades y un boato más bien folclórico. «Se presentó enseguida una procesión de franciscanos bastante numerosa. Iba precedida de una gran cruz […]. Los españoles, que intentan hacer terrible la religión, son excelentes en la plasmación de las heridas, contusiones, huellas de tortura sufrida por sus mártires. En aquel crucifijo, que debía figurar en un suplicio, no se había ahorrado sangre, el icor, los lívidos tumores». Luego relata la predicación («Largo detalle de todos los dolores de la Pasión, descritos con toda la exageración de que es capaz la lengua española») y el desenlace: «Padre, bastaba con decirme que iré al cielo; ¡vámonos!».

Y he ahí el retrato de España: las luchas intestinas de los españoles, los navajazos, la religión tremebunda, la chulería, la muerte. Y, sobre todo, la mirada atónita del civilizado extranjero que contempla, con una mezcla de fascinación y de pasmo, las costumbres de ese pueblo tan curioso.

El español medio suele decir que la obra que mejor representa la identidad nacional es el Duelo a garrotazos de Goya. Los intelectuales dicen, periódicamente, que les duele España (como a quien le molesta la vesícula). Se habla de lo trágico, de la sangre (¡los toros!), la pasión y todo eso. Borges, en El atroz redentor Lazarus Morell, recuerda cómo el padre Las Casas, intentando liberar a los indios de «los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas», no tuvo mejor idea que pedir que se llevasen negros para ese menester. «A esa curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos». Un buen español hace el mal hasta cuando quiere hacer el bien.

Carmen es la mezcla ideal de todos estos ingredientes y una música hermosísima y sensual. La del Real está ambientada en la frontera de Ceuta y Marruecos en los setenta. Ha habido cierto revuelo porque han tenido que variar la propuesta de Calixto Bieito para evitar que alguien pueda ofenderse por cómo se trata a la bandera. Es gracioso ver cómo huyendo de un cliché (la puesta en escena sevillana y olé) se cae en otro. Es como aquella cancioncilla de Carmen Sevilla que se llama Carmen de España: «Carmen con bata de cola, pero cristiana y decente; no conozco al Escamillo, ni tampoco a don José…».

No sé si es posible una identidad nacional que no esté constituida por un conglomerado de lugares comunes, pero en nuestro caso deberíamos aprovechar que es así para dejar de tomarnosla en serio. No nos hace falta desmontar el discurso, se ve a la legua que es de cartón piedra. Y aunque tener una cartera de topicazos facilita mucho el trabajo a la hora de hacer sesudos análisis (cuando no son las dos Españas es el cainismo, y cuando no, el sentimiento trágico de la vida) conviene no exponerse al ridículo o a la simpleza. Pero si queréis seguir en el empeño al menos haced como Bizet, que a la tontería del toreador le puso una música pegadiza.

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