Pilar Marcos

Nadie se acuerda de Lolita Muñiz

«Lolita y Maxsoud, la madre y el padre huérfanos de hijo único son las dos víctimas de por vida de una mortal exhibición de descerebrada barbarie un sábado de madrugada frente al paseo marítimo de Coruña»

Opinión

Nadie se acuerda de Lolita Muñiz
Foto: | EFE
Pilar Marcos

Pilar Marcos

No imagino una vida sin devorar noticias de última hora, análisis mejores y peores… Y menos una en la que la política no marque el pulso diario.

Prueben con sus amigos. Pregúntenles por Lolita Muñiz. Indaguen si se han parado a pensar cómo se encuentra. O, más fácil: pregunten, siquiera, si les suena el nombre. No, ¿verdad? Nadie sabe quién puede ser. Ya. Prueben a dar una pista: Lolita Muñiz acaba de perder a su único hijo. ¿Nada? Vaya. Pónganselo fácil. Al hijo de Lolita Muñiz lo mataron a golpes, puñetazos y patadas. Lo hizo una cuadrilla de alimañas, posiblemente borrachos, quizá drogados, sin duda desalmados.

El hijo se llamaba Samuel y cada día, mientras Lolita viva, sufrirá en sus entrañas todas y cada una de las patadas, golpes y puñetazos que arrancaron la vida de su niño. ¿Qué, con 24 años, ya no era un niño? Para Lolita, condenada abruptamente a ser para siempre una madre huérfana de hijo único, Samuel será siempre su niño. El suyo, además, era un buen chico. Trabajador, discreto, responsable, estudioso, volcado en ayudar a los que más lo necesitaban en su comunidad… ‘Era un niño delicado’, sí. Y también, ‘un tipo legal, un amigo, un aliado’.

Cómo era la víctima lo hemos ido sabiendo, después de su muerte a golpes, gracias a Maxsoud Luiz, el padre brasileño del muchacho. Los primeros días solo sirvieron para alimentar una campaña que se concentraba en la más íntima -y reservada- elección afectiva de Samuel. Que es la más reservada lo muestra la respuesta que él dio al padre una vez que éste se atrevió a preguntarle: «Lo que uno es, o deja de ser, es cosa de cada uno». Tampoco ese detalle de elección homosexual, que hay quienes gustan de exhibir en público -y están en su perfecto derecho-, pero otros prefieren guardar para su intimidad -y también tienen derecho-, fue lo primero que, según los testigos, se mencionó esa noche en el lugar de los hechos. No. Pero ésa fue la clave que apareció en los medios al día siguiente, desató manifestaciones y es un asunto crucial en la investigación policial de la terrible muerte del hijo de Maxsoud y Lolita.

Pero lo importante, para mitigar mínimamente la orfandad de hijo que tendrá siempre Lolita Muñiz, es que se cuente cómo era su Samuel. Cómo, desde los 15 años, tocaba la flauta travesera en los oficios de la iglesia evangelista de la que su padre es diácono. Cómo ayudaba en la catequesis de los niños de la comunidad, enseñándoles versículos de la Biblia que después comentaban. Cómo le querían los ancianos del geriátrico en el que trabajaba como auxiliar de enfermería. Cómo también encontraba tiempo para colaborar con la Cruz Roja en tareas de voluntariado; sí, a esa Cruz Roja para la que el padre pidió un donativo a todos los que quisieran rendir un sincero homenaje a su Samuel. Y cómo, además, seguía estudiando por las tardes para hacerse protésico dental. ¿Les parece poco? Sepan que el padre se gana la vida como empleado en el centro logístico de Zara en Arteixo.

No es posible encontrar ni motivo, ni excusa, ni lógica alguna que permita la más mínima explicación al linchamiento a patadas de un muchacho hasta su muerte. Pero entre los insultos que proferían las bestias que le mataron destacó una: «maricón». No pareció importar que le gritaron de todo: «hijo de puta», «cabrón»… El vocabulario de improperios es amplísimo. Pero ese «maricón», al ser Samuel gay, sirvió para desatar una urgente catarata de protestas y manifestaciones -en contra de la petición expresa de su familia- que dieron por supuesto que le habían linchado por ser homosexual. Antes de dar tiempo a investigación alguna, los sentenciadores-exprés decidieron que había sido un delito homófobo. Dictaron sentencia firme sin posibilidad alguna de recurso, para que no haya dudas.

A lo largo de la semana, la policía ha ido deteniendo a los autores del mortal linchamiento de Samuel. Las cámaras de seguridad de algunos comercios y las de tráfico han ayudado a localizar a las bestias. Dicen que ni conocían a su víctima ni él debía conocerlos. Parece que se culpan unos a otros y que buscan la excusa de decir que iban muy borrachos. Un testigo que atendió al moribundo Samuel esa noche ha relatado que vio salir en estampida a una «docena de chicos mulatos». ¿Mulatos? La investigación sigue su curso.

Mucho antes de dar tiempo a investigación alguna, los sentenciadores-exprés de apresuradas conclusiones dictaron culpables tan inventados como fácilmente reconocibles: Ayuso y Almeida, por el PP, y Abascal, en representación de Vox. La manifestación de hace una semana en Madrid transcurrió a los gritos de «Ayuso,  fascista, estás en nuestra lista» y «Abascal, puto criminal». La ignominia sectaria como estéril y corifea respuesta al nihilismo asesino.

Lo que es evidente es que una manada de jóvenes matoncitos beodos acabó a patadas con la vida de un muchacho: del niño delicado de Lolita Muñiz. Quédense con dos nombres: Lolita y Maxsoud, la madre y el padre huérfanos de hijo único son las dos víctimas de por vida de una mortal exhibición de descerebrada barbarie un sábado de madrugada frente al paseo marítimo de Coruña.

 

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