Jordi Amat

Navidad de excepción

«Es verdad que el Año Nuevo abre las puertas a la esperanza del cambio, pero la liturgia de la Navidad nos conecta con la paz del origen»

Opinión

Navidad de excepción
Foto: SERGIO PEREZ| Reuters
Jordi Amat

Jordi Amat

Filólogo, escribe biografías y ensayos. Colabora en prensa. Ha acabado devorado por los artículos de opinión sobre el Procés.

Fue el año pasado por estas fechas, pero parece que haya transcurrido una vida después de estos doce meses. Debían ser las ocho de la tarde. De repente, sin haberlo previsto, salimos de la charla y nos descubrimos cruzando el mercado navideño de Oxford. El olor de los abetos se respiraba en las tiendecillas de madera y el verde de los árboles se mezclaba con el resonar de las campanas mientras estudiantes de primer año compraban bufandas del college donde se alojaban para regalar a los hermanos pequeños con los que se reencontrarían durante otra Navidad que estaba a punto de llegar. Parecía como si Chesterton, contemplando la luz en la sombra, tomase apuntes para escribir otra estampa donde se reflejase esa redentora experiencia donde tristeza y alegría se funden revelando en ese momento el espíritu del misterio.

Le describí la escena a un grupo de amigos y el Sócrates de Ocata, abrazándome con su sonrisa de Papa Noel, dijo que el conservadurismo era eso: sentirte parte de una tradición que nos constituye como civilización a través de su vinculación con un pasado que aún sentimos vivo. Es verdad que el Año Nuevo abre las puertas a la esperanza del cambio, pero la liturgia de la Navidad nos conecta con la paz del origen. Por la permanencia en nuestra cultura de la estampa del nacimiento y, con ella, por el recuerdo de la experiencia de la ilusión pura. Por eso es el tiempo de la infancia.

Cada Navidad nos permite revivir el niño que fuimos y ese recuerdo activa un particular diorama en la memoria. Canelones con la familia de mi madre primero y después las manos rasposas con el perfume de las mandarinas. Al pasar los días esperar en casa que los mayores lleguen después de otro día de trabajo en la tienda que es nuestra vida y, al fin, la sensación que la misión estaba cumplida la vigilia de Reyes y por ello nos merecíamos el oro, el incienso y la mirra en forma de Scalextric. Y el año siguiente sería igual. Así ha seguido siendo hasta este año, cuando la Navidad también ha quedado suspendida y su espíritu y la liturgia que los acompaña han quedado atrapados en la inquietante excepcionalidad del virus. Esta Navidad la esperanza se ha proyectado hacia delante, deseando que dentro de doce meses todo volverá a ser como había sido y con la fe de que volveremos al lugar del misterio, donde resuenas las campanas, pero habiendo aprendido que también la tradición puede ser una excepción.

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