Gonzalo Gragera

Nevada de fármacos

En el Estado de Nevada se han quedado sin fármacos para aniquilar la vida de los presos, según su “Centro de Ejecuciones”, así, nombre de pila, se escribe como suena, c de <em>casa</em>, e de <em>ella</em>... Si el hecho es terrible al pie del titular, no digamos ya si lo interpretamos, subjetivos, como una llamada de urgencia por parte de las administraciones penitenciarias, como si alguien estuviese pidiendo un porte de aspirinas o de calmantes para los enfermos, como si tal circunstancia supusiese una burocracia, una relación laboral, un becario de traer pastillas para morir. La muerte con el limpio orgullo del mérito en el currículum, un trámite como otro cualquiera. Y es que intuyo la conversación, ¿quedan de los de matar a la gente?, no, se han acabado, vaya, pues habrá que avisar a los reponedores, ¡llama al empanado del nuevo y que las traiga, a ver si espabila! Yo me imagino las cárceles de Nevada con sus módulos, sus ascensores, sus cuidadores, sus vigilantes de seguridad, sus abogados, sus detenidos, sus reincidentes. Me la imagino con sus funcionarios, ¿usted adónde va? Al descanso, ¿le hace un café?, no, gracias, me pilla de camino al Centro de Ejecuciones. Es tremendo: la muerte como escenario, como habitación, como departamento de la empresa. Y con sus estrenos y sus mimos: 858000 dólares ha costado la última<em>cámara de ejecuciones</em>. Se inaugura el 1 de noviembre. El 1 de noviembre. ¿Nadie en la sala que lleve esto al cine?

Opinión

Nevada de fármacos
Gonzalo Gragera

Gonzalo Gragera

1991. En la actualidad colabora en la cadena COPE –Sevilla-, en Zenda y en The Objective. Su último libro es La suma que nos resta (Premio de Poesía Joven RNE), editorial Pre-textos.

En el Estado de Nevada se han quedado sin fármacos para aniquilar la vida de los presos, según su “Centro de Ejecuciones”, así, nombre de pila, se escribe como suena, c de casa, e de ella… Si el hecho es terrible al pie del titular, no digamos ya si lo interpretamos, subjetivos, como una llamada de urgencia por parte de las administraciones penitenciarias, como si alguien estuviese pidiendo un porte de aspirinas o de calmantes para los enfermos, como si tal circunstancia supusiese una burocracia, una relación laboral, un becario de traer pastillas para morir. La muerte con el limpio orgullo del mérito en el currículum, un trámite como otro cualquiera. Y es que intuyo la conversación, ¿quedan de los de matar a la gente?, no, se han acabado, vaya, pues habrá que avisar a los reponedores, ¡llama al empanado del nuevo y que las traiga, a ver si espabila! Yo me imagino las cárceles de Nevada con sus módulos, sus ascensores, sus cuidadores, sus vigilantes de seguridad, sus abogados, sus detenidos, sus reincidentes. Me la imagino con sus funcionarios, ¿usted adónde va? Al descanso, ¿le hace un café?, no, gracias, me pilla de camino al Centro de Ejecuciones. Es tremendo: la muerte como escenario, como habitación, como departamento de la empresa. Y con sus estrenos y sus mimos: 858000 dólares ha costado la últimacámara de ejecuciones. Se inaugura el 1 de noviembre. El 1 de noviembre. ¿Nadie en la sala que lleve esto al cine?

No se va a olisquear, con la insolencia de un perro juguetón, los talones de un juicio moralista, fácil y algo frívolo, ese que cuestiona cómo se pueden hacer negocios con la necesidad. Con la necesidad de la pena de muerte, en este caso, que es una necesidad muy alejada del principio de necesidad capitalista de la oferta y de la demanda. Pero no, ya digo: hoy no es este el camino. Sin embargo, sí llama la atención que en un país del primer mundo la pena de muerte sea un elemento más, como otro cualquiera, del sistema penal. Y que tenga hasta su “Centro de Ejecuciones” como quien tiene un cuarto de baño o un primo en Cuenca. En Cuenca, sí.

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