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Ni miedo ni vergüenza

Foto: Stringer | Reuters

En septiembre del año pasado, el comisionado de Programas de Memoria del Ayuntamiento, Ricard Vinyes, descartó la instalación de un monumento a las víctimas del atentado yihadista de Barcelona, Sant Just y Cambrils por “no dar supremacía a unos hechos o a unas víctimas sobre las muchas que ha vivido [sic] La Rambla a lo largo de su historia”. Anunció, eso sí, que había hablado con sus homólogos del Ayuntamiento de París y que lo más probable es que Barcelona adoptara el modelo parisino: placas con el nombre de las víctimas en el lugar donde se produjo el atentado,  acotado en Las Ramblas al Pavimento Miró. Al igual que el subtexto de ‘Barcelona, ciudad de paz’ es ‘Madrid, ciudad de la guerra’, el de las declaraciones del memorable era ‘Y no como en Atocha’. Un año después del atentado, no hay en el lugar recordatorio alguno ni parece que vaya a haberlo. La presidenta del grupo municipal de C’s en el Consistorio, Carina Mejías, lo ha solicitado varias veces y siempre ha recibido la misma respuesta: “Una actuación así debe ser fruto del consenso, y no lo hay”. Insólito, máxime teniendo en cuenta la propensión del Gobierno municipal a manosear el callejero (de Puig Antich a Rubianes), y a proyectar su ideología sobre la simbología y señalética barcelonesas, del lazo amarillo de la Casa de la Ciudad al Open Arms de Colón. Y no sólo sin consenso, sino con la voluntad de reventarlo sin remedio.

Quienes sí tendrán una señal conmemorativa son Pau Pérez, el hombre de 34 años de Vilafranca del Penedés apuñalado mortalmente por Younes Abouyaaquob en su huida, y Ana María Suárez, la zaragozana de 67 años que murió atropellada en Cambrils. En memoria de Pau, el Ayuntamiento de Vilafranca inaugura hoy un monolito de mármol. En memoria de María, el Ayuntamiento de Cambrils descubrirá mañana una placa frente al club Náutico. No creo que haya constancia en el mundo civilizado de que una misma secuencia de atentados, perpetrados, además, por los mismos individuos, acabe instaurando dos categorías de víctimas, pero en esta Cataluña y esta Barcelona todo es ya posible. Se trata, en cualquier caso, de un epílogo coherente con la miseria moral que ha envuelto la gestión política del atentado por parte de las autoridades locales y regionales. Y tan sólo cabe confiar en que, a no mucho tardar, el caso se estudie en las universidades. Pero a diferencia de la ejemplar Transición, tan detestada por Colau, Puigdemont y sus respectivas huestes, como antimodelo. Una actuación así, en que todo, absolutamente todo, se hace mal, sólo ha de procurar enseñanzas.

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