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Nier: Automata es el mejor videojuego de la historia

"Nier: Automata es sencillamente el clásico inaugural del arte del siglo veintuno"

Foto: Wikipedia | Wikipedia

Primero, una confesión a modo de credencial: soy un gamer empedernido. La consola me ha acompañado, varias horas por semana, ininterrumpidamente desde los siete años. Ni la literatura, ni el grado universitario, ni el trabajo a tiempo completo, ni el vivir –por fin— una ciudad pacífica (una ciudad que no me obligara, como Caracas, a recluirme) han podido con mis anhelos de ficciones heroicas.

Naturalmente, he cambiado, y con ello las cosas que busco en un videojuego. En una palabra: profundidad. Esa que me ofrecían los libros y que ningún juego igualaba, a pesar de la pirotecnia y la diversión. Esa que prometían los avances tecnológicos, el desarrollo natural del género, la economía de escala. Esa que generaciones enteras de escritores de videojuegos han codiciado, buscando derramar la primera lágrima de un jugador por un videojuego. Esa misma profundidad que he buscado rigurosamente en entradas como Horzion New Dawn, Final Fantasy XV, Zelda: Breath of the Wild, God of War, pero que no he encontrado jamás.

Eso, hasta que jugué Nier: Automata. Lo acabo de terminar el jueves pasado y aún sigo boquiabierto. Nier es, sin pero que valga, una inmensa obra de arte, una obra que amerita ser declarada como tal a viva voz, a ser expuesta en museos, en listados de premios literarios y cinematográficos. Nier, como toda gran creación artística, es un juego que trasciende su género. Es un juego que ya no es juego. Un juego que es ensayo filosófico, catarsis híperviolenta, experimento existencialista, caminata distópica y antología poética a la vez. Un juego, en fin, que merece ser jugado por toda persona inquieta, por toda persona que encuentra significado en el fenómeno estético, que busca pasear su vida entre los umbrales de la verdad y la belleza.

La trama de Nier es sencillamente exquisita. Su creador, Yoko Taro, es claramente además de artesano, artista. No solo crea un juego divertido: construye un mundo lleno de significado. La Tierra está bajo control de máquinas fuera de control. Tú, un androide creado por humanos refugiados en la luna, tienes la misión de retomarla. Después de diez horas jugando, logras hacerlo. ¿Fin del juego? No: vuelves a empezar.

En el mundo de Nier no hay objetivos claros. No hay buenos ni malos. Solo un gran y hermoso vacío que cada personaje busca llenar a su manera. Todos tienen nombres de filósofos: un robot pacífico llamado Pascal, un rey bebé llamado Immanuel (Kant), una bailarina genocida llamada Simone (de Beauvoir), su hermético exnovio, Jean Paul (Sartre) y un culto de máquinas que adoran a un Dios llamado Kierkegaard. Es decir, un mundo igual de existencialista que el nuestro. Y en ese sentido, igual de real.

La tela de la que está el mundo de Nier es el Eterno Retorno y la rueda del Samsara. En un golpe de genio, después de varias iteraciones el juego sí tiene final. Una especie de Nirvana al que el jugador, ya rota la ‘cuarta pared’ que separa al artista del espectador, tiene la opción de acceder tras un dolorosísimo sacrificio. Y que a este sempiterno buscador hizo, finalmente, soltar la codiciada lágrima en un momento de profunda espiritualidad y humanismo. Pues la mayor virtud de Nier es que se aprovecha de su medio y permite al jugador una última interacción, una última respuesta con la cual decirle que no al nihilismo que es el enemigo real de este juego y de esta vida.

Por ello, Nier: Automata es sencillamente el clásico inaugural del arte del siglo veintuno. El mejor videojuego alguna vez creado y el primero, espero, que muchos de ustedes, si he hecho bien mi trabajo, jugará.

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