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Niños con sexo

Foto: Loic Djim | Unsplash

Mañana con sol perpendicular en los merenderos de Cumbres Verdes, Sierra Nevada. Se está la mar de a gusto, aquí. Hay más árboles que gente y mis hijos dilapidan su energía fuera del piso, lanzando al aire alpino sus voces. Las frondas trafican pájaros, y a escasos metros de donde nos encontramos unas chicas de no más de quince años se fotografían tras un refugio de montaña. Semidesnudas. Me ven pasar y no se esconden. Siguen a lo suyo, desvergonzadas. Yo me froto los ojos por si estoy soñando. Será que me hago viejo, pero cerca del mediodía, en un lugar público, y con ese impudor. Y me entristezco pensando qué destino les aguarda a esas fotos y a qué mirada irá a la exuberancia de sus cuerpos. No me escandaliza, acaso por trabajar en la universidad y saber lo que se cuece. Es verdad que los jóvenes de ahora están más informados que los de ayer, no paramos de oírlo. Desde Primaria, los especialistas de la sexualidad irrumpen en sus aulas con trípticos. Les enseñan a ponerse un condón, a masturbarse, a usar la píldora, los aleccionan en lo que se viene apodando un placer con garantías. El sexo irrumpe en sus infancias desde muy temprano, antes de cualquier deseo libidinoso se haya manifestado, cuando aún no ha comenzado el absolutismo de las hormonas.

Los niños de hoy son, a pesar de su edad, peritos del Kamasutra. A su lado, Nabokov apenas vio el alba, asegura Mark Greik. Ahora los niños, dice en Contra todo (Anagrama), viven en el entorno sexual más perfecto concebido por la sociedad contemporánea. Y continúa: Allí donde antes se morreaba, habrá una felación. Lorenzo Luengo, en su cruda novela El dios de nuestro siglo (Seix Barral), nos habla de jóvenes expertos en tríos e intercambios de pareja, en sexo grupal y clínicas abortivas que han visto dese niños pasar ante sus ojos gigas de carne pixelada. Niños, escribe en otra página, de nueve años que describen sus fantasías sexuales, sus actividades con el cuerpo propio y el ajeno, describiéndose a sí mismos en términos de pichas, rajas, fluidos, oquedades, posturas. La televisión los instruye, sobre todo internet, la cuna del porno. Porno al que acceden, mayormente ellos, imantados por lo desconocido. Un porno que exige más, para quien lo consume, con una variedad de ofertas ilimitada: asiáticas, menores, negras, tríos, orgías, zoofilia. Internet se vuelve así una lámpara maravillosa: cualquier deseo puede convertirse en píxeles con solo un clic. La industria pornográfica lo sabe e invierte sobre todo en los jóvenes. Se estima que en EEUU factura veinte mil millones de dólares. Que detrás de un vídeo bien editado haya una chica sufriendo arcadas durante una felación no les importa a los consumidores, ha declarado Shelley Lubben, antigua actriz porno. Los réditos suben como la espuma y atraen a gigantes como General Motors, Time Warner, Hughes Corporation y cadenas hoteleras como Marriott.

Pero salgamos del porno. La hipersexualización se puede apreciar en toda suerte de anuncios publicitarios, videoclips, películas, redes sociales. En las marquesinas de autobús que infestan las vías públicas. Y no es algo inofensivo. Que la pornografía modifica las estructuras mentales es algo demostrado. El sexo pornográfico distorsiona sobre todo a la mujer, sometida a los ensueños fálicos, donde siempre aparece un macho agresivo y embestidor penetrándola. La pornografía vuelve a la mujer consumible, un producto de supermercado, mercancía humana. No es extraño en mi trabajo escuchar comentarios, por parte de los chicos, donde se trata a las mujeres como a ganado. Comportamientos ahora llamados machistas, casi bestiales, son el pan cotidiano. Muchos más que en mi época, apenas hará quince años. La antigua represión sexual ha dado paso la comercialización del cuerpo. La sociedad mercadotécnica ha engullido la fiesta de los cuerpos y los ha trocado en mercancía. Frente a la pretendida liberación sexual, Mark Greif sostiene que se ha producido una liberalización, esto es, el tráfico de mercancías. Lo mismo dice el filósofo de moda, Byung-Chul Han: La sexualización del cuerpo no sigue unívocamente a la lógica de la emancipación, sino que acompaña a una comercialización del cuerpo. La industria de la belleza explota el cuerpo sexualizándolo y lo vuelve consumible. Pareciera que una mujer que sueña con otra vida entre fregonas y niños churretosos esté más sometida que una que publicita lencería en una marquesina adoptando la postura de un alacrán. Pero ya no sé qué pensar. Piensen ustedes. Volviendo a Mark Greif, debemos dar paso a una cultura que en lugar de preguntarse qué tal es en la cama deje paso a la pregunta cómo soy en la cama o quién descubro que soy en el sexo. Ojalá esas chicas que he avistado en Cumbres Verdes no lancen a las redes sus cuerpos y se conviertan en mercancía digital. Ojalá que el sexo vuelva a las alcobas y a los coches aparcados en páramos con lunas redondas encima, se aparte de lo publicitario y ocupe los espacios del amor, que siempre están en lo secreto. Es urgente la intimidad en la sociedad del espectáculo.

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