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Niza: el “amok” yihadista

Foto: ERIC GAILLARD | Reuters

Amok es un concepto malayo que popularizó Rudyard Kipling en algunos de sus relatos coloniales. La traducción más exacta sería “entregar hasta el último aliento en la batalla”. Para el guerrero malayo tenía que ver con su fe y honor. El concepto formaba parte de la vida ritual de Malasia y del sur de la India y se ligaba al mundo de la guerra. De hecho, los sorprendidos viajeros holandeses descubrieron que muchos de ellos pedían la sanación de la enfermedad para poder morir con una dignidad mayor en el campo de batalla. Porque el amok era esencial en una élite bélica que nunca tuvo un ápice de duda para lanzarse contra el enemigo, aún sabiendo que la muerte era el final más probable. Desde esta cosmovisión, no es difícil entender que esa actitud catártica les transformaba en los predilectos de la divinidad. Por esta razón, se convirtió en una táctica más: salir a la calle a asesinar a quien se interpusiera en el camino.

Descubrí el amok en una obra olvidada, pero aún actual, del sociólogo alemán Wolfgang Sofsky: Tiempos de horror. Amok, violencia, guerra (Siglo XXI Editores). Y es que, aunque el término usado proceda del malayo, su descripción encaja con similares fenómenos en otras épocas y culturas. Hoy en día no es infrecuente. El cine lo inmortalizó en aquel día de furia que tuvo a Michael Douglas como protagonista. Es más, incluso se ha definido como un síndrome psiquiátrico reconocido internacionalmente. Los protagonistas pueden ser reconocidos como personajes coléricos o como personas de pulcro comportamiento. Sean como sean, una especie de tensión violenta les lleva a terminar inexplicablemente con todo lo que encuentran a su alrededor. Para algunos estudiosos, detrás del amok nos encontramos ante una peligrosa acumulación de odio, no a algo en concreto, sino más bien hacia la propia existencia.

En el aniversario de la masacre de Niza, con las polémicas imágenes de Paris-Match al fondo, no puedo más que pensar que la estrategia yihadista que sufrimos se asienta en las mismas coordenadas que el horror homicida del amok. No en vano, como recordaba Sofsky, las dos características principales de este tipo de ataques son la desmesura y la rapidez. El asesino solamente quiere matar. Hace un año, no lo olvidemos, fueron 86. Pero no debemos caer en el pesimismo. Poco a poco vamos aprendiendo a responder a los cambiantes desafíos criminales de quienes nos quieren arrebatar todo. Quizá hasta nos hayamos dado cuenta que, para bien o para mal, no existe nada nuevo bajo el sol.

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