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No creer en nada

"El precio de la investidura, mientras llegan las rebajas, es alto: la independencia y la amnistía de sediciosos y etarras"

Foto: Dominio público | Военный альбом

Entre las notas que Vasili Grossman escribió mientras cubría como reportero de guerra en el frente de Stalingrado, garabatos apresurados en cuadernos que se fueron deteriorando con el paso del tiempo, el autor ruso describió de esta manera la vida en el alambre: “La sensación de estar expuestos a un peligro intermitente: en un primer momento, te parece que estás en peligro en un lugar dado y apenas un rato después lo percibes tan seguro como si fuera tu apartamento en Moscú…”. Pero el peligro nunca duerme.

Leo estas líneas de Grossman cuando salgo del periódico, en la semana posterior a las elecciones del 10-N, las segundas en siete meses, las cuartas en cuatro años. Ahí sigue el riesgo de atomización política, pese a que Pedro Sánchez haya sido capaz de firmar en poco más de 24 horas un acuerdo que durante siete meses fue imposible.

El partido que le quitaba el sueño a Sánchez, Podemos, de quien tantas veces ha renegado por plantear medidas incompatibles con el “bien de España”, es ahora su socio necesario para un acuerdo que precisa además del visto bueno de ERC y Bildu para poder gobernar. El precio de la investidura, mientras llegan las rebajas, es alto: la independencia y la amnistía de sediciosos y etarras.

Nada de lo que está ocurriendo estos meses parece normal, aunque pasado el peligro –tantos peligros: la crisis, los hombres de negro, el “asalto a los cielos” de Podemos, la llegada al poder de una pandilla de políticos adolescentes, la independencia de Cataluña, la “alternativa patriótica” de Vox, la próxima crisis…–, apenas un rato después, uno los perciba como un disparate más de la clase política española.

Así nos hemos acostumbrado a que las autopistas de Cataluña ardan de manera “pacífica” durante días enteros, obligando a centenares de transportistas, atrapados, a pasar la noche en la carretera. Primero fue el aeropuerto en este último mes de pasión, luego las calles más céntricas de las principales ciudades catalanas y los enfrentamientos violentos con la Policía y las marchas a pie de Torra por las carreteras y el boicot al rey y la intención del presidente catalán de encerrarse en el Parlamento tras declarar la república… Cuando la Generalitat pide a los suyos que no “aflojen”, ya no nos parece descabellado.

Nos hemos acostumbrado a un presidente del Gobierno con múltiples personalidades. Ayer repudiaba a Pablo Iglesias por no defender la democracia, hoy es su vicepresidente. Ayer recetaba a los independentistas ley y recursos al TC, hoy los busca para seguir en La Moncloa. Ayer lo de Cataluña era una “crisis de convivencia”, hoy es una “crisis política”.

Nos hemos acostumbrado a que la extrema derecha cabalgue por los Parlamentos de toda España. Nada tan inquietante como la naturalidad con que se aceptan las mentiras de Abascal.

Decía Hannah Arendt, judía como Grossman, que “si todo el mundo miente siempre, la consecuencia no es que te creas las mentiras, sino que ya nadie cree en nada”.

Y así se apagan las democracias.

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