THE OBJECTIVE
Paco Segarra

No es el reto Catalán

Agradecería a los medios nacionales e internacionales que se abstuvieran de incluirnos a todos los catalanes en una dinámica independentista de la que somos víctimas. Es el desafío de algunos partidos políticos que han contado con la permisividad cómplice del estado español.

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Agradecería a los medios nacionales e internacionales que se abstuvieran de incluirnos a todos los catalanes en una dinámica independentista de la que somos víctimas. Es el desafío de algunos partidos políticos que han contado con la permisividad cómplice del estado español.

En Cataluña, según Idescat, viven 7.438.696 personas -son datos de 2013-. La famosa manifestación del 11 de Septiembre de este año congregó a un millón y medio de ciudadanos -son datos de los organizadores que, en un acto de buena fe, doy por válidos-. En cualquier caso, ¿qué hay de los seis millones restantes? Es absurdo pensar que sean todos independentistas. Es tan absurdo como decir que todos los vascos son de ETA, de Bildu o del PNV. Por lo tanto, el desafío secesionista no es el desafío o el reto de los catalanes, sino el desafío o el reto de una parte de los catalanes.

Esa parte, pequeña pero muy activa, que ha impuesto el dogma de la independencia a sus compañeros de partido -no todos en CiU son independentistas, por poner un ejemplo- y, a base de incumplir las leyes estatales, lo ha impuesto también al resto de los catalanes. En Cataluña, una parte de España mientras no se demuestre lo contrario, no se puede estudiar en castellano -digo castellano, porque tan español es el castellano, como el catalán, el vasco o el gallego-. Y no se puede estudiar en castellano porque los políticos secesionistas han hecho del idioma otro dogma identitario.

Tengo escrito que los reinos y virreinatos de América no se independizaron en quéchua o guaraní, sino en castellano. De igual manera, las colonias británicas o francesas lo hicieron en inglés o francés. A la utilización del idioma como arma identitaria se suma el odio visceral a España; un odio profundo e irracional, fríamente inoculado desde hace 30 años en las sucesivas generaciones de catalanes, sobre todo en la escuela y en la universidad. Digamos que en Cataluña se habla castellano en la intimidad. Las aberrantes instrucciones a los médicos por parte de la Consejería de Sanidad son una prueba patética del dislate. Hay más, pero no quiero cansarles.

De modo que, para terminar, agradecería a los medios nacionales e internacionales que se abstuvieran de incluirnos a todos los catalanes en una dinámica independentista de la que somos víctimas. Es el desafío de algunos partidos políticos que han contado con la permisividad cómplice del estado español. Redacten, pues, con precisión los titulares y, en este caso, los pies de foto.

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