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No es país para libros

Foto: Yuri Efremov | Unsplash

Esta pasada Nochebuena se hizo viral una de esas noticias culturales a las que todos nos arrimamos como ascua que busca sardina intelectual con la que justificarse. Dicha noticia reza que, por lo visto, en Islandia es tradición que tras la cena de Nochebuena los familiares se regalen unos a otros diversos libros, para pasar después el resto de la noche leyendo en compañía con una taza de chocolate caliente al regazo. Esta tradición se llama, siempre según el viral rumor, Jólabókaflód, y afirma el embajador islandés que carga con el 70% del gasto anual en libros de la isla. Reconozco que lo primero que hice cuando mi amigo Marwan, que de vender libros por cierto sabe un rato, me deslizó la noticia en un bar de la calle del Príncipe fue levantar la cerveza, glosarle los encantos del país islandés que no conozco y, por último, enumerar los vicios de esta España nuestra. Ahora bien, una vez hube digerido la noticia ya sin el rumor de Las cuevas de Sésamo encima, noté que la bilis que rumiaba era todavía más amarga de lo que yo suponía.

Se apaga el 2018 y lo hace con España a la cola de los países lectores de la Unión Europea según datos de Eurostat. En concreto, es el tercer país que menos gasta en libros, el quinto que menos tiempo le dedica a la lectura, y el séptimo en porcentaje de lectores dentro de la población. Según el barómetro de hábitos de lectura del ministerio de Cultura, el 40% de los españoles no lee un solo libro a lo largo del año y se compran ocho ejemplares por persona de media en todo el territorio. Pero de todas las estadísticas que ahí aparecen, hay una que me resulta especialmente sangrante: sólo el 37% lee por ocio en su tiempo libre. Dicho de otra manera: España abandonó hace ya mucho el gusto por la lectura, y parece que no será este el año en el que se recupere. En España se leerá poco y se leerá mal este 2019, por mucho que nos pese.

Más allá de la patochada del regalo literario masivo en Islandia, hay una tesis que sostengo y que conecta a la vez con esta noticia y con la estadística subrayada en el párrafo anterior: sólo se adquiere el hábito lector cuando la lectura se concibe como un gran placer, y no se sostiene cuando se adquiere por obligación, se base ésta en la necesidad académica, en la exigencia laboral o en una absurda fiesta nórdica, me importa un carajo. Se podrían enumerar aquí los distintos beneficios que ese hábito proporciona, la capacidad imaginativa, el desarrollo lingüístico o el florecimiento intelectual, pero la realidad es mucho más prosaica: la lectura sólo engancha cuando se enfoca desde un punto de vista lúdico. Por eso éste sigue sin ser un país para libros, aunque cambiásemos los calcetines de raquetas por novelas de Proust en nuestro regalo de Navidad.

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