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"Sin ser la panacea, los Pactos de Moncloa ofrecieron un impulso decisivo a la modernización de España".

Neurocientíficos, psicólogos y filósofos morales coinciden en que no buscamos la verdad al entablar un diálogo, sino que pugnamos por confirmar lo que intuíamos previamente. Nos acopiamos de argumentos para defender posiciones prerracionales y, en cuanto tenemos ocasión, las cristalizamos con nuestro sesgo de confirmación para no dar el brazo a torcer. Nuestra razón se asemeja a Benito Cereno, el capitán de la novela de Melville cuyo barco es secuestrado por unos piratas. Aunque todos creen que él guía la embarcación, en realidad es rehén de sus aparentes subalternos.

¿De la discusión surge la luz? Segun Léon Bloy, lo que entre el pueblo llano suele brotar son más bien las bofetadas, de manera que dicha luz no puede sino ser una alusión a las estrellas que observamos tras el sopapo. Discutere deriva de quatere, sacudir, que es lo que hacían los romanos con las raíces para ver si eran sólidas. Pero qué le vamos a hacer si preferimos sacudir al vecino antes que someter a escrutinio nuestros propios argumentos.

Resulta muy valioso lo que el exministro Alberto Oliart cuenta en el segundo volumen de sus memorias, Los años que todo lo cambiaron (Tusquets), a cuento de los Pactos de Moncloa. Aunque unos vinieran de París, previo paso por la Unión Soviética, y otros de las candilejas del extinto régimen, todos los políticos que se reunieron en 1977, de Carrillo a Fraga, pasando por Tierno, González y Suárez, parecían conscientes de que la suerte del país dependía de su habilidad para lograr un acuerdo. La economía española, escasamente competitiva, se había visto muy baqueteada por la crisis del petróleo: la inflación se había disparado, la desigualdad de salarios aumentaba a paso firme y el paro apuntaba maneras del monstruo que pronto llegaría a ser. Como diría mi tía Cheli, la situación era de manda curuca. De no ponerle remedio, era probable que la incipiente democracia se derrumbase.

Pasadas cuatro décadas, esa entente se revela como una proeza inaudita. Sin ser la panacea, los Pactos de Moncloa ofrecieron un impulso decisivo a la modernización de España. En tiempos de acerba polarización, bueno es recordar que en este cansino rabo de Europa por desollar, cuna del cainismo, la mala leche y otras mil melancolías, es posible alcanzar acuerdos imaginativos y valientes. ¿Volverá algún día el “espíritu del consenso”? Bien es sabido que tarde o temprano habrá que reformar la Constitución y para ello es preceptivo el entendimiento entre los grandes partidos, cosa que hoy parece imposible. ¿Será verdad que, como reza el refrán, no hay mal que cien años dure?

De las dificultades para llegar a un pacto da cuenta una vieja historia. El patriarca reúne a los suyos, una familia de gran prosapia, para informarles de la ruinosa situación de la empresa, así como de las inevitables restricciones domésticas que de ello se siguen. Su esposa le advierte de que sus potingues y afeites son sagrados, al tiempo que le apremia a buscar una solución, como prescindir del costoso tabaco del hijo mayor. Este, recostado en una butaca, dice que nanai y responsabiliza de la situación a su hermana pequeña, muy amiga de los vestidos caros. Con los brazos cruzados sobre el pecho, entre satenes, puntillas y organdíes, la joven niega con la cabeza y culpa al loro, que, en su estrecha jaula, picotea una onza de chocolate. Era a la sazón una costumbre extendida ponerles un cuenquito de dicho alimento, como hacían los indianos. Entre todos, convienen en renunciar a dicho lujo, y de la política de recortes no se vuelve a hablar más.

Como todas las historias, esta se cuenta de muchas maneras. Al fin y al cabo, muchas empresas se vieron obligadas a prescindir del chocolate del loro durante la recesión. Fue tremendo el disgusto de varios periodistas con sueldo de banquero al advertir que el medio en que trabajan había decidido reducir el papel higiénico. Supongo que antes habrían rodado las cabezas de unos cuantos becarios. Llegar a un acuerdo, ya se sabe, es una tarea ímproba.


 

En este vídeo, Jorge Freire nos nos recomienda la lectura de La reinvención de la economía (Turner), de Schönberger y Ramge, para hacernos una idea de lo que se viene en la era del big data.

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