Cristian Campos

No existen medicinas para las enfermedades imaginarias

Escribo esto el domingo 1-O y por lo tanto desconozco si Carles Puigdemont, Oriol Junqueras o cualquier otro espontáneo con mando en plaza, pongamos por caso Anna Gabriel, tiene pensado proclamar la independencia de Cataluña desde el balcón de la Generalitat o encaramado a un bolardo del Paseo de Gracia durante las próximas horas. Si eso no ha ocurrido en el momento en que lean esto, es posible que ocurra durante los próximos días. Todos los puentes están rotos en Cataluña y el sector independentista posibilista, si es que alguna vez ha existido, ha sido arrasado por el sector independentista mesiánico. Lo que suceda a partir de ahora está, en definitiva, en manos del azar. El aleteo de una mariposa en la India puede provocar un huracán en el Caribe y en Cataluña hay en estos momentos millones de mariposas aleteando con furia africana. 

Opinión

No existen medicinas para las enfermedades imaginarias
Cristian Campos

Cristian Campos

Periodista. Intentando distinguir desde 2000 las falsedades golosas de las verdades incómodas. El criterio, como el valor en el ejército, se le supone.

Escribo esto el domingo 1-O y por lo tanto desconozco si Carles Puigdemont, Oriol Junqueras o cualquier otro espontáneo con mando en plaza, pongamos por caso Anna Gabriel, tiene pensado proclamar la independencia de Cataluña desde el balcón de la Generalitat o encaramado a un bolardo del Paseo de Gracia durante las próximas horas. Si eso no ha ocurrido en el momento en que lean esto, es posible que ocurra durante los próximos días. Todos los puentes están rotos en Cataluña y el sector independentista posibilista, si es que alguna vez ha existido, ha sido arrasado por el sector independentista mesiánico. Lo que suceda a partir de ahora está, en definitiva, en manos del azar. El aleteo de una mariposa en la India puede provocar un huracán en el Caribe y en Cataluña hay en estos momentos millones de mariposas aleteando con furia africana.

Pero de algo podemos estar seguros. Ocurra lo que ocurra, incluso si el Gobierno central logra impedir lo que a todas luces ya no controla, Cataluña habrá quedado irremediablemente partida en dos. Y con ella, España.

Porque si algo ha demostrado el independentismo durante los últimos meses es que quizá no tenga la fuerza necesaria para ganar un hipotético referéndum de independencia legal y pactado con el Gobierno central pero sí la tiene para romper la convivencia en Cataluña con la inestimable colaboración de Podemos y del PSOE, por distintas razones y en diferentes grados. En este sentido, el independentismo se parece más a una bomba sucia que a un artefacto convencional. Su capacidad de destrucción no radica tanto en la relativamente débil detonación inicial como en la radiación posterior. Y no tanto en las muertes que pueda provocar esa radiación de forma directa como en el pánico posterior. Los efectos psicológicos del independentismo, en definitiva, son muy superiores a su verdadera capacidad de devastación.

También podemos estar seguros de que el nacionalismo no tendrá solución mientras se siga interpretando como un fenómeno compacto, específicamente catalán y ajeno a los vaivenes políticos y modas ideológicas del momento. Porque lo que ha podido verse en las calles de Barcelona no ha sido tanto un bloque monolítico independentista como una amalgama de catalanismo no específicamente independentista, odiadores profesionales del PP, populismo demagogo de izquierdas azuzado por Ada Colau, guerracivilismo nihilista azuzado por Pablo Iglesias, ruralismo antimetrópolis, tontuna estudiantil y, por supuesto, independentismo puro y duro.

Hace apenas unos meses, ese malestar difuso, injustificado y 100% acomodado se canalizaba con pintadas en las que se pedía la expulsión y el asesinato de los turistas que visitan Barcelona. Ahora, el objetivo son los “colonos españoles”. Hace apenas un mes, los Mossos d’Esquadra eran héroes, un estatus que ha cambiado de forma ciclotímica en función de las noticias del día y los humores de Trapero. Hace dos semanas, Serrat era un símbolo de la cultura catalana. Hace una, su canción Mediterráneo era un símbolo de la resistencia antinacionalista. Las modas adolescentes vuelan a menos velocidad que los caprichos de la burguesía catalana. Una burguesía cuyos problemas no se han diferenciado hasta ahora en nada de los que pueda tener un madrileño, un jerezano o incluso un berlinés: el Gobierno, los impuestos y el vecino ruidoso.

Lo sorprendente del conflicto catalán, en resumen, es su escasa originalidad. Aferrados al mito de un independentismo resiliente y continuado en el tiempo desde hace al menos tres siglos, el independentismo ha vendido como malestar secular y con denominación de origen lo que a día de hoy no es más que la inquietud propia de las masas sobreinformadas pero infrailustradas del siglo XXI. En los EE. UU. esa inquietud se personifica en Trump. En el caso de los partidarios de Trump, en la inmigración o lo políticamente correcto. En el caso de Reino Unido, en Europa. En el caso del islam, en la democracia y las libertades occidentales. No hay perezoso intelectual sin su hombre de paja externo al que acusar de todos los males que le acechan. La mayor parte de ellos, inventados o tergiversados. Y eso no va a cambiar, suceda lo que suceda en Cataluña. La independencia sólo le comprará un tiempo de tregua a los catalanes nacionalistas.

Entiendo las dificultades de lidiar con una enfermedad psicogénica masiva, con esta cascada de crisis de ansiedad de sintomatología paranoica, como la catalana. Especialmente cuando el principal partido de la oposición cree que esa enfermedad imaginaria, la fibromialgia nacionalista, es real y merece un tratamiento serio. Así que no sólo soy incapaz de vaticinar qué ocurrirá sino también qué debería hacerse para afrontar lo que no sé si ocurrirá o no. Lo siento: soy periodista, no futurólogo ni presidente del Gobierno.

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