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No hay lugar para lo nuestro

"El Ejecutivo formado por PSOE y Podemos pretende hacer pasar por desinformación la crítica legítima a la gestión de su crisis"

Foto: José María Cuadrado | Pool Moncloa/EFE

Cumplido con holgura el mes de confinamiento, si uno es afortunado, ya no considera imprudente hacer un balance sobrio de las renuncias forzadas por la cuarentena. Era temerario al principio, cuando, con incredulidad, asistíamos a la comparación de nuestra coyuntura personal con la de soldados de guerras históricas. Al cabo, las renuncias forman parte de la madurez y cuando se acumulan, nos brindan un remanente vital hecho a medida de elecciones libres. Hay que desdramatizar las renuncias y diferenciarlas seriamente de las pérdidas, estas sí arbitrarias e irreparables, y abundantes en esta crisis. Hay heroicidad en aprender a sobrellevar la fatalidad de no poder decir adiós a un ser querido que se va: el tele-trabajo y la pelea por conseguir la bicicleta estática serán las anécdotas reservadas para la posteridad de los que tengan la suerte de no franquear la línea entre renuncias y pérdidas.

Con todo, no sé si existe el aprendizaje colectivo, pero al menos esta crisis nos ha dado la oportunidad de asemejar o igualar muchas circunstancias individuales, todas arrastradas a sacar alguna lección parecida. Alguna nos llega como un tirón de orejas: llamar más a nuestros padres o valorar las ventajas de ir caminando al trabajo. Otras, algo más sofisticadas, nos recuerdan nuestra posición privilegiada en el mundo y provocan que nos avergüence quejarnos de cosas que antes habrían provocado toda una tormenta matutina y probablemente amargado el día: las colas y las esperas, la falta de existencias de productos, el pedido que se retrasa. No es el momento de las menudencias y no hay lugar para lo nuestro de cada día. Quizás sí el lujo de la civilización que disfrutamos consiste en planificar una semana de vacaciones a cambio de un año de sacrificio. El Covid-19 debería ennoblecer ese tipo de aspiraciones: tenerlas nos hace humanos, y aparcarlas; puede hacernos adultos.

Precisamente es en ese punto de aceptación de nuestro lugar en esta crisis donde no se está dando una justa correspondencia por parte del Gobierno de la Nación y sobre todo de los partidos que lo integran en la gestión de esta crisis. El sábado pasado, Podemos se desperezaba en redes sociales acusando al PP y a Ciudadanos de votar en el Parlamento Europeo contra la mutualización de la deuda, asegurando que eran malos patriotas en una impecable emulación de los primeros gobiernos separatistas en Cataluña. La realidad es que liberales, conservadores -¡y socialistas!- votaron unidos en Europa para que la Unión emita deuda conjunta a futuro y, el grupo de Podemos, alérgico a la entente transversal, planteó una enmienda que daba al traste con una negociación de semanas entre países con sus respectivos intereses nacionales y familias políticas. Obviamente, ni PP ni Cs apoyaron dinamitar ese trabajo. Es solo un ejemplo del Gobierno que persigue bulos integrado por un partido que difunde algo que se le parece bastante, como si su adolescencia política se viera inalterada por la grave crisis que presumen gestionar en ruedas de prensa solemnes.

La "nueva" lucha contra los bulos, por cierto, es la sempiterna batalla en defensa de la verdad. Qué duda cabe de que hay que combatirlos. Ocurre que hoy se llama bulos a las mentiras de siempre con la particularidad de ser difundidas a velocidad vertiginosa y al margen de las "fuentes oficiales" a las que se agarraba el último CIS, seguramente en referencia estricta a la información que proporciona el Gobierno. El Ejecutivo formado por PSOE y Podemos pretende hacer pasar por desinformación la crítica legítima a la gestión de su crisis. Tanto que, según apuntó ayer el Jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, la institución trabaja "con el objetivo de minimizar ese clima de crítica", en aparente plena sintonía con el instituto que dirige Tezanos. Parece pues, que para el Gobierno sigue habiendo lugar en medio de la pandemia para hacer lo que viene haciendo desde la llegada de Sánchez a Moncloa en 2018. Tampoco en el empeño en el uso partidista de las instituciones -un objetivo tan reprobable como anunciado con eufemismos por quienes hoy integran el Gobierno- hay tregua.

Si la ciudadanía se ha visto obligada a abrir un paréntesis que, con distintas gradaciones, tiene consecuencias desagradables, los principales responsables públicos de la nación no han correspondido aparcando su agenda política al margen de la gestión sanitaria y socioeconómica de la crisis. Ni Podemos está evitando escenas más propias de 2014 torpedeando consensos en Europa ni el PSOE parece comprender que lanzarse a perseguir bulos que siempre son contestatarios al Gobierno no puede servirles como cortina de humo para rehuir el consenso necesario.

Desde la firme oposición a cómo se constituyó este Ejecutivo, hay algunas lecciones que sí hemos aprendido y que Sánchez e Iglesias deberían aprovechar: sabemos que las pandemias no las causan los gobernantes, que la muerte no tiene más origen que el virus y que no se legisla para provocar sufrimiento ni debe politizarse el dolor. Tienen a su favor que no son su propia oposición: aprovéchenlo y no criminalicen ni persigan la crítica. Aparcar las metas partidistas, como las egoístas, tiene mucho de gratificante. Algunos habremos aprendido a valorar el precio de los pequeños lujos cotidianos, pero España se debate entre superar esta crisis con algo por lo que valga la pena haberla sobrevivido o salir de ella con más enfrentamiento del que acumulábamos. Y no hay voluntad individual en los ciudadanos que pueda orientar el rumbo del Gobierno: está en sus manos que, por una vez, tampoco haya lugar para lo suyo.

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