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No hay nada más hermoso en el mundo que una mujer, y nada más serio que una mujer enamorada

La figura de una mujer portadora de una vasija de barro se recorta al contraluz del sol rojo que se apaga lentamente. Nacer hombre o mujer en la India no es una simple diferencia de género. La graciosa silueta femenina vuelve a casa con agua, semillas y pájaros en la cabeza cuando anochece.

Ella no es Rama Kunwar. No puede ser ella. Rama era india. Tenía treinta años hasta hace apenas unos días. Ya no va a seguir cumpliendo años ni tareas domésticas para el hombre que la condenó a quererle. Esta mujer no va a envejecer más porque se equivocó dos veces. La primera equivocación que cometió fue sentir una emoción prohibida por un hombre de otra casta. La joven atrevida rondaría la veintena y, apasionada como era, tomó la iniciativa en el amor y sedujo a quién sabía que sería su esposo.

En el mundo actual hay culturas que ignoran los principios de igualdad, enamoramiento y libre albedrío. En países en los que la espiritualidad o el respeto a las vacas sagradas es un valor de su particular idiosincrasia todavía hoy se confunde el amor con el honor. En la India, la justicia de sangre estigmatiza a la mujer siempre con la letra A de Adúltera u otra letra cualquiera para nuestra Hester Prynne heroica.

La segunda equivocación de Rama Kunwar fue pensar que su familia había desterrado para siempre las ideas de deshonor, la vergüenza y el matrimonio de conveniencia y regresar a casa para encontrarse con un destino inmerecido y sangriento a manos de sus hermanos. Esta vida no tiene mucho sentido cuando la honra de un individuo depende de alguien ajeno a sí mismo.

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